Mariano Rajoy, el presidente a palos

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Diez meses después de las elecciones generales del 20 de diciembre, la situación que vive España es tan surrealista, que merece la pena abrir el foco para disponer de la perspectiva adecuada y evaluar de forma global el horrendo y kafkiano fresco que los españoles hemos pintado en este tiempo. Tenemos por una parte a Mariano Rajoy a punto de convertirse en presidente a palos, en contra de sus propios intereses y sin mover un músculo. Hasta el último fontanero de la Moncloa sabe que lo que le conviene es ir a unas terceras elecciones en las que obtendría una victoria tan rotunda que ni siquiera le harían falta excesivas concesiones a Ciudadanos para gobernar con una cómoda mayoría y aplicar sin oposición las reformas que planea. Pero Rajoy, para espanto de sus asesores, está dispuesto a dejarse hacer presidente y gobernar así en precario, con solo 137 escaños, buscándose la vida cada día y expuesto a mociones de censura y comisiones de investigación de todo tipo.

Tenemos a su lado a un PSOE que, después de haber convertido a Rajoy en una especie de satanás de la política al que no se podía ni siquiera saludar, un personaje dañino para España e indigno de continuar un solo minuto más al frente del Ejecutivo, termina suplicándole que acepte convertirse en presidente del Gobierno y llevando a sus pies la ofrenda de su abstención. A menos de dos semanas de que se cumpla el plazo que obligaría a convocar elecciones, Rajoy ejecuta por enésima vez el papel de don Tancredo. Y es por el contrario la dirección del PSOE la que suda tinta y se desvive para conseguir que Mariano se convierta en presidente, aunque para ello tenga que defenestrar a su secretario general, provocar una grave fractura interna y romper el vínculo histórico con el PSC.

En la otra esquina de esa pintura grotesca aparece Albert Rivera, que colabora con denuedo en esa tarea de llevar a palos a Rajoy hasta la Moncloa. El líder de Ciudadanos asegura que el del PP no es un tipo «de fiar». Él mismo le dijo a la cara en un debate que carecía de cualquier «autoridad moral» para ser presidente, lo acusó de haber «recibido 343.000 euros en dinero negro» y le enseñó un panel en el que se leía «Luis, sé fuerte». Y después de todo eso, en pleno juicio del caso Gürtel, con Correa aventando su estiércol, Ciudadanos, ese partido que se presenta como el salfumán anticorrupción, votará sí con entusiasmo para que Rajoy se convierta en presidente.

El cuadro surrealista lo completa Podemos. Ninguna fuerza política tuvo nunca las circunstancias tan a favor para reivindicarse. Pero, en lugar de aprovechar la coyuntura para mostrar unidad, cuestionar las políticas del PP, presentarse como la única fuerza coherente de izquierda frente a un PSOE entregado a Rajoy y desnudar la falsedad del discurso regeneracionista de Ciudadanos, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se dedican ahora, precisamente ahora, a jugarse el liderazgo de Podemos a piedra, papel y tijera. Todo es buñuelesco. Daliniano.