Abstención vergonzante


Ya está. Alea jacta est. La suerte está echada, pero esta vez no se dirime el poder en Roma, sino el ser o no ser del Partido Socialista. Tampoco los 139 dirigentes que acaban de atravesar el Rubicón tienen, ni por asomo, la grandeza de Julio César. Si les preocupaba la crisis institucional y el desgobierno, ¿por qué optaron por la abstención vergonzante en el segundo acto de la investidura? ¿Por qué no un apoyo a pecho descubierto, sin camuflajes retóricos y con los puntos sobre las íes? ¿Por qué Susana Díaz, la muñidora mayor del golpe de timón, es incapaz de deletrear la palabra abstención, al igual que Rajoy elude la palabra Bárcenas? Curioso mecanismo de autodefensa: amordazar las palabras para disimular los hechos.

Los 139 cosecharán el aplauso de la derecha y agrandarán la sonrisa de quienes, situados a su izquierda, aspiran a nutrirse con sus despojos. A cambio, destrozan el PSOE o, como mínimo -hoy quiero ser positivo-, lo hipotecan por una porrada de años. Para empezar, han extirpado todo esqueje de democracia interna. Primero laminan, utilizando métodos torticeros, al secretario general elegido en primarias. A continuación impiden que los militantes se pronuncien sobre un asunto vital para su partido y para España. Les niegan la palabra porque sospechan que persistirían en el «no es no», lo cual añade a la mordaza el insulto: si lo responsable es facilitar la investidura de Rajoy, los 139 consideran a los afiliados un fato de irresponsables que no deben tener voz ni voto.

Comparen esa actitud con la seguida por los socialdemócratas alemanes. El SPD presidido por Sigmar Gabriel, que obtuvo en septiembre del 2013 el segundo peor resultado de su historia, negoció con los conservadores de Angela Merkel un acuerdo de gobierno, pero acto seguido lo sometió a la decisión vinculante de las bases del partido. El 76 % de los afiliados del SPD respaldaron el pacto, que supuso entre otras medidas el establecimiento de un salario mínimo de 8,5 euros por hora, y se formó la gran coalición que hoy gobierna en Alemania. Vean, comparen y escriban la moraleja.

Pero la tropelía más grave la cometieron los 139 no con los afiliados, sino con millones de ciudadanos. Les han confiscado el voto y se lo han cambiado de signo. Porque no se trata simplemente del fraude que supone incumplir esta o aquella promesa electoral, este o aquel aspecto del programa. No, eso son minucias. Nos hallamos ante el fraude absoluto: le pido el voto para desalojar al inquilino y reconstruir el inmueble, y utilizo su voto para consolidar al inquilino y apuntalar el edificio en ruinas. El sufragio que pretendía censurar a Rajoy y cambiar sus políticas servirá para encumbrar a Rajoy y santificar sus políticas. Tiene razón el votante socialista en considerarse estafado.

El libro de reclamaciones se abrirá en las próximas elecciones (es decir, cuando le pete a Rajoy). Comprobaremos entonces la devastación causada por los 139 jinetes que el domingo pasaron el Rubicón.

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