Del Pardo a la Moncloa, pasando por Serrano


Probablemente estamos asistiendo a la tercera Restauración Borbónica. Las dos anteriores, con un siglo de diferencia entre ellas, estuvieron marcadas por situaciones que tienen mucho en común con la que estamos viviendo. En noviembre de 1885, el rey Alfonso XII, derrotado por la tuberculosis, falleció en el palacio de El Pardo. La situación se salvó en primera instancia con la regencia de María Cristina de Hasburgo-Lorena, segunda esposa del monarca fallecido. Según el historiador, Claudio Sánchez Albornoz, el rey, en su lecho de muerte, le dijo a su esposa: «Cristinita, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas». Conviene señalar que Donald Trump aún no había nacido.

El bipartidismo inicia su andadura

Los deseos del monarca se cumplieron a rajatabla y el modelo bipartidista se instauró tras el acuerdo conocido como «acuerdo de El Pardo» (1885)

El bipartidismo fue la fórmula puesta en práctica para sostener un modelo político levantado sobre los pilares de la España tradicional, esa que se arrodilla o desfila con uniforme de gola y gala llevando al dictador bajo palio.

Bajo una apariencia de estabilidad y paz beatífica, aquel bipartidismo, a medida que avanzaba, exhalaba por sus poros el tufo propio de un cuerpo sucio y cansado, el característico de un sistema consumido por la corrupción, el nepotismo y la cacicada. La economía era tan truculenta como ruinosa. Prácticamente, no había oposición, muchos republicanos, hartos de ver fracasadas sus intentonas, habían decidido refugiarse cómodamente bajo el paraguas liberal de Sagasta. El sistema solamente se sentía incomodado por algún atentado de los anarquistas y las huelgas de los obreros que eran las verdaderas víctimas de aquel paradisiaco desastre. Cuba y Filipinas, en manos de unos cuantos, eran otro de los exponentes de la política del bipartidismo vicioso y viciado. El asesinato de Cánovas en el monasterio de Santa Águeda y los desastres del 98 pusieron el punto y final de aquel periodo de restauración que se había iniciado con los acuerdos de El Pardo.

Como epitafio de aquella etapa, merece la pena recordar los comentarios de Clodoveo de Hohenlohe, presente en los funerales del rey Alfonso XII: «todo se reduce aquí a satisfacer a los 100.000 españoles de las clases distinguidas, proporcionándoles destinos y haciéndoles ganar dinero. El pueblo parece indiferente (?). Todo ello constituye (?) una caricatura de constitucionalismo. (Citado por Manuel Tuñón de Lara en su obra La España del siglo XIX. Barcelona.1974).

En 1977, poco después de la muerte del dictador fascista, Francisco Franco, auspiciados por el consenso de las fuerzas engolfadas en la dictadura y las fuerzas políticas emergentes, tuteladas allende de nuestras fronteras por intereses multinacionales, nacieron los llamados «pactos de la Moncloa» con propósitos y fines similares a los anteriores. La dictadura no fue liquidada, sino reformada, maquillada y protegida en sus feudos tradicionales: monárquico, financiero, religioso y militar.

Pocos años después, en 1981, se produjo un una intentona de golpe, que aún no ha sido suficientemente investigada. La sacudida debió ser interpretada como un aviso a navegantes, y con la discreción y sigilo propio de lo inconfesable, se puso en marcha un discreto cambio de rumbo. Algunos advirtieron entonces que el nuevo rumbo marcaba una trayectoria circular, que entrañaba el riesgo de retornar al punto de partida. Pasaron los años, volvieron a sucederse los escándalos políticos, económicos, financieros, militares, y la iglesia, aferrada a un Concordato anacrónico y sin encaje en la Constitución, siguió cogida al timón fumigando conciencias y castrando libertades. Conviene recordar que el recorrido cultural obligatorio en la formación básica de millones de votantes españoles se había incubado en la escuela del padre Astete y se había completado en la puta mili al estilo Alfredo Landa. El Nodo y la prensa fascista se habían encargado del resto. Las consecuencias de aquel régimen fascistoide aún las seguimos pagando. Aún sigue siendo difícil hacer efectiva la libertad democrática en las urnas. Demasiados lastres para una conciencia colectiva timorata y dogmatizada. En muchos ámbitos, hablar de política está mal visto, está satanizado.

La deriva del PSOE durante la etapa democrática ha sido un paradigma de virtudes propias de la etapa de Cánovas y Sagasta. No se podrá negar que ha habido grandes avances y que las diferencias con etapas anteriores son palpables, pero no por ello se podrá negar que la corrupción, el nepotismo, la injusticia con mayúscula, la podredumbre institucional, la entrega al poder financiero, la hipoteca de la independencia política, los excesos de una monarquía superflua, la sotanosis perniciosa, la justicia negociada y el feudalismo de cuartel, han formado parte de la vida cotidiana de una etapa democrática que se ha rematado con un crisis brutal y la llegada de una derecha neofranquista, que en poco se diferencia del extrema derecha clásica. Y todo ello a pesar de las limitaciones impuestas por la integración en Europa. Así pues la trayectoria circular ha seguido marcando la derrota de los españoles.

Los últimos acontecimientos, con la Gürtel en cartelera y los barones del PSOE haciendo alardes de democracia franquiciada, no han hecho más que confirmar que su esperpento político es un valor en alza.

¿A dónde iremos a parar, sino hay cambio de rumbo?

La línea 601 de los autobuses urbanos de Madrid une La Moncloa con el Pardo, aunque su estación final sea Mingorrubio. La distancia entre la Moncloa y el Pardo sigue siendo la misma que hace cuatro décadas, pero gracias a las políticas de convergencia planificada, cada día parece más corta. La 601 tiene un curioso recorrido: hace escala en la Ciudad Universitaria, en la Playa de Madrid, en el Tejar de Somolinos, en el Parque de Trasmisiones, pasa cerca de la Zarzuela, tiene parada en el Parque de la Mar Oceana y, por fin, entra triunfal en el Paseo del Pardo. Un curioso viaje entre lo real y lo casi olvidado, pero con llegada real al Pardo. Desde Ferraz a la Moncloa se puede ir andando. Hay algún empresario extranjero, bien representado en España, que ya debe estar pensando que no se ha equivocado en su estrategia de negocio, y que al amparo de un clima tan propicio como el que se ha creado, pronto le será más fácil convencer de lo suyo a los inquilinos de lugares tan emblemáticos.

El domingo 23 de octubre, los españoles salieron de Ferraz, hicieron cola en la Moncloa para sacar un abono de larga distancia, y antes que después podrán estar entrando en el Pardo. El resto del viaje, es fácil imaginarlo. La transición circular habrá terminado.

Los españoles con sentido de la responsabilidad, deberíamos tratar de evitarlo.

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