Domingo, 20 de diciembre del 2015. Diez y media de la noche. Ferraz. Pedro Sánchez admite la derrota. Asume su responsabilidad por llevar al PSOE al peor resultado de su historia y presenta su dimisión. Hace una llamada a la unidad del partido y anima a los suyos a ejercer una oposición dura y responsable para recuperar la confianza mayoritaria de los españoles. Los socialistas nombran una gestora. A cambio de su abstención en la investidura, fuerzan a Rajoy a derogar la reforma laboral, aprobar un plan de choque social y entregar a la oposición el control del Parlamento. Rajoy gobierna en precario con solo 123 escaños. No puede hacer nada sin contar con un PSOE que lidera holgadamente la oposición con 90 diputados, 21 más que Podemos. Los socialistas convocan un congreso. Eligen a un nuevo secretario general que une a todas las sensibilidades y se convierte en el líder de la oposición con mayor poder en toda la democracia. Rajoy sufre un desgaste brutal en una segunda legislatura llena de recortes y sin mayoría para aplicar su programa. El PSOE vuelve a ser alternativa clara de Gobierno.
La historia podía haber sido así. Pero la negativa de Pedro Sánchez a aceptar la realidad ha hecho que, diez meses después, el PSOE sea ahora un partido indisciplinado, roto, deprimido, sin discurso y sin proyecto claro. Un partido obligado a abstenerse, pero ahora sin poder exigir nada a cambio, para dejar gobernar a un Rajoy que suma 170 escaños gracias a su pacto con Ciudadanos y Coalición Canaria. Con un Podemos crecido, al que los socialistas solo sacan ya 14 escaños, y que se arroga el liderazgo de la oposición frente a un PSOE sin líder parlamentario.
Ante esa situación, los socialistas tienen dos caminos. El primero es el de seguir atrapados en el bucle de la división interna y los reproches mutuos. Algo que implicaría que Pedro Sánchez no aceptara tampoco la derrota en su propio partido, siguiera echando sal en las heridas y alentara la desunión con la esperanza de regresar a la secretaría general en un próximo congreso, y que los vencedores del comité federal purgaran sin piedad a los derrotados para garantizarse el control de cara al futuro. Algo de lo que solo se beneficiaría Podemos.
El otro camino, o más bien el último tren, supone que todos miren hacia adelante y acepten que el PSOE ha tomado ya una decisión, buena o mala, pero con la que van a tener que convivir: ejercer la oposición. Y entender que, una vez pasados los ardores propios de esa decisión traumática, que llevarán a que un grupo de diputados rompa la disciplina de voto en la investidura, el PSOE va a volver a ser un bloque de 85 diputados en todas las votaciones del Congreso. Algo que, bien gestionado, debe facilitar la recuperación de la unidad y la búsqueda de un nuevo liderazgo para centrarse en el verdadero reto: tener un discurso propio que le aleje tanto del PP como del populismo de Podemos. Por el bien del PSOE, y de España, es de esperar que suba a ese tren. El otro, el de la división, conduce al suicidio.