Podemos ¿Partido de masas?


El debate está servido en Podemos. ¿Debe ser Podemos un partido al uso, centrado en las instituciones y dejar a la sociedad civil ese papel, o debe ser un movimiento que ocupa las calles y centre en ellas su labor? El sábado tuve la ocasión de asistir en Madrid a la presentación de la iniciativa «Vamos!» que hicieron Rafa Mayoral e Irene Montero, por la que el Partido comienza a «tejer sociedad civil» y a «politizar conflictos y problemas». Es una iniciativa acertada (habrá que ver, claro está, cómo se declina en los territorios y cómo se gestiona) pero va en la línea de cómo debe ser el rol que el partido debe tener en la calle y en lo institucional, en cómo deben relacionarse ambas vertientes, las dos necesarias.

En la articulación de este debate de ¿Calle o Parlamento? Hay dos grandes peligros: Por un lado, un partido centrado en lo parlamentario, absorbido por lo institucional, corre el riesgo de dejar de «hacer pie» en la sociedad. Así, existiría un riesgo de desconexión entre el partido y la sociedad en la que está enraizado provocando que las clases populares a las que el partido dice defender dejen de tenerlo como referente. Esto es lo que le pasó y le está pasando al PSOE; donde su ala «más institucional» lleva al partido lejos de la calle (la militancia) y de los anhelos de la mayoría de los españoles (a las últimas encuestas y a cómo la sociedad parece estar castigando el golpe de mano de Fernández y Díaz me remito). Este peligro ya ha sido sobradamente tratado por mucha gente, no tiene sentido extenderse sobre él.

El otro peligro, en cambio, no se ha tratado lo suficiente: Un partido centrado en la calle, que sería un partido tribuno, podría tener muchos remilgos a la hora de asumir sus responsabilidades y de gobernar. Así, se vería con miedo la participación institucional y la participación en el gobierno. Es como si detrás de cada negociación hubiese un enorme peligro y, en los representantes institucionales de este partido-activista subyaciese un cierto miedo a que los rivales, más experimentados en estas lides, «nos envuelvan» y nos ganen en ese terreno «que es suyo y no el nuestro». Ese miedo es, en parte, el que explicaría cómo en muchos sitios donde se pudieron conseguir victorias institucionales y conquistas parlamentarias o gubernamentales (sitios donde la aritmética da incluso para tener consejerías y concejalías) acabó optándose por asumir una vía más tribunicia que, lamentablemente, no propicia el avance social. Y es que todos sabemos que el avance social son las leyes que se hacen y para que éstas avancen, hace falta participar en su elaboración y en el gobierno y no limitarse a gritar y denunciar desde la barrera.

 Y está claro: No queremos gobernantes desconectados de la sociedad que «no hagan pie» en la calle, pero tampoco queremos políticos que sean meros «activistas» demasiado cómodos ejerciendo de abogado defensor (o de diputado protestatario) y demasiado reacios a ser consejeros de gobierno y a ensuciarse las manos haciendo mortero y construyendo con él un nuevo país.

 Si hay algo que creo que puedo aportar a este debate, es mi experiencia de militancia en Bélgica, en un partido como es el PS belga. Sí, el mismo partido que acaba de tumbar el CETA en los parlamentos de Valonia, Bruselas y de la Comunidad Francófona y el que probablemente haga lo mismo con el TTIP cuando toque. El mismo partido que se ha convertido en el primer partido de gobierno de Europa en proponer abiertamente reducir la jornada de trabajo a cuatro días semanales. Y este tema no es baladí, pues, a mi entender, la reducción de jornada debería ser la prioridad número uno para la izquierda. Este partido, como digo, que consiguió conquistas sociales como el paro vitalicio o la renta mínima de inserción y ha hecho posible que a día de hoy no haya un solo ciudadano belga que no tenga garantizados unos ingresos tiene mucho que enseñar o, mejor dicho, tenemos mucho que aprender de él.

¿Cómo es posible llegar a este «paraíso social»? ¿Cómo es posible construir una izquierda de gobierno que sea “más revolucionaria” en ocasiones que el propio Unidos Podemos? Habría, a mi modo de ver, tres grandes axiomas:

1. Lo importante es gobernar

2. Las políticas son de clase.

3. Construir estado allá donde el estado no llega.

Primer axioma: «Lo importante es gobernar»

Así, el PS es, ante todo, un partido institucional. Un partido que nunca «elige» ser oposición y que cuando la tiene que ejercer, es porque los demás partidos le echan y no porque él renuncie voluntariamente a gobernar o a negociar. De esta forma, el PS no le hace ascos a gobernar con la izquierda, con el centro o con la derecha. Lo fundamental es gobernar porque cuanta menos izquierda haya en un gobierno, peor será ese gobierno para la sociedad. Se afirma a menudo que la sociedad española no está preparada para aplicar este axioma, que si se hacen pactos contra-natura (entre ambos lados del eje izquierda-derecha) los electores los van a castigar? Lo comparto hasta cierto punto, pero creo que el segundo axioma minimizaría mucho el impacto que esto podría tener. Además, no hay que olvidar que en 2014 Podemos sacó un escaño menos que Izquierda Unida, su gran fuerza, fue decir, abierta y claramente, que queríamos gobernar. Renunciar al gobierno, es renunciar al sentido de nuestra lucha.

Segundo axioma: «Las políticas son de clase»

Las políticas no son «transversales», sino que son de clase, abiertamente de clase. Esto, no tiene ningún sentido si se parte del análisis de que vamos a volver a un sistema bipartidista (que es lo que, estoy convencido, muchos compañeros piensan), porque en un escenario bipartidista un discurso de clase no es capaz de configurar mayorías parlamentarias (no al menos mientras la conciencia de clase sea la que tenemos actualmente en España) pero sí que tiene todo su sentido en un sistema multipartidista. Cuando se interioriza que no va a haber bipartidismo, que no van a volver las mayorías absolutas (en 185 años que tiene Bélgica no hubo ninguna), uno no puede aspirar a gobernar «para todos», sino para la clase social a la que representa. Así, si el mensaje y la praxis política son unívocos, si las medidas, el discurso y todo es coherente y se muestra que el partido es un partido de clase, no sólo en lo estético (como le sucedió al PSOE) sino en todos y cada uno de los elementos que lo constituyen, el coste de una participación gubernamental «contra-natura» sería menor o nulo. Si yo gobierno a toda costa, con quien sea, y siempre a favor de los desfavorecidos, nadie podrá decir que «me vendí» o que «traicioné» a los míos. La traición no viene de gobernar con los demás, la traición viene de asumir su discurso o parte de él. Así, no se debería (por poner un ejemplo teórico) bajar la presión fiscal a toda la sociedad, sino tener muy claro por quién se está luchando y no tratar de agradar a todos, pues el hacerlo sería abrir la puerta a la desnaturalización del partido (y no la participación gubernamental en sí). Cuando los problemas de los de abajo son difuminados en un discurso vaporoso que trata de llegar a todos (y acaba por no llegar a nadie), es el principio de fin de las clases populares en ese partido. Por eso es necesario que las políticas sean siempre de clase. Si las políticas son siempre de clase, si el discurso es siempre de clase, si la participación en los gobiernos es siempre de clase, no habrá penalización por gobernar con Dios o con el Diablo. Al contrario, los electores (que no son tontos) sabrán premiar la coherencia y la lucha en circunstancias tanto propicias como adversas por unos mismos objetivos.

Tercer axioma: «Construir estado allá donde el estado no llega»

El PS busca construir estado allá donde el estado no llega y eso es (o eso me gustaría que fuese, que como digo, está por declinar) la iniciativa «Vamos!». Así, en Bélgica sucede una cosa muy curiosa; y es que el subsidio de desempleo lo paga la seguridad social a través de un sindicato, y la medicina es rembolsada a los pacientes a través de una mutua médica. El PS, a lo largo del siglo XIX creó estructuras de solidaridad que llevaban los servicios del estado donde no los llevaba. Esas estructuras siguen vigentes hoy en día: Desde las más importantes para la vida de una persona como los sindicatos o las mutuas de socorro, hasta asociaciones juveniles del tipo Boy Scouts para que los hijos de los obreros, de los parados y de las personas sin recursos puedan disfrutar también de vacaciones dignas. Allá donde no hay servicios, el Partido los presta primero y lucha después para que el estado los reembolse. Militar en un partido de masas, implica que si uno es asesor fiscal, pueda ponerse una hora a la semana en la plaza de su pueblo o de su barrio, con un stand del partido, a ayudar a los ciudadanos a hacer la declaración de la renta. Militar en un partido de masas implica que, si uno es abogado, pueda abrir su consulta en nombre del partido, dos horas cada miércoles de forma gratuita para ayudar a los extranjeros a hacer sus demandas de nacionalidad. Militar en un partido de masas implica hacer barbacoas y fiestas con los fondos del partido y el trabajo de sus militantes para que quien no tiene dinero para salir a cenar cada sábado pueda hacerlo y para que los viejos que están solos en sus casas, tengan con quién hablar. Militar en un partido de masas implica, sencillamente, ayudar a los ciudadanos que más lo necesitan a ser más felices. En primer lugar por el mero sentido de ayudarlos, pues para eso estamos haciendo política, para ayudar a la gente, y en segundo lugar, porque quizás un día ese ciudadano verá que, por más que Marhuenda, Inda y el TDT Party repitan que Podemos tiene cuernos, rabo y come niños, él lo que habrá visto de Podemos es un abogado ayudarle con una multa, un fiscalista echarle una mano con la declaración de la renta y un vecino invitarle a una barbacoa. Quizás eso valga para que la gente vea la política en otro lugar diferente de la tele y vea que la realidad es otra, muy diferente y mucho mejor de la que muestran los medios.

Ésa era la forma que todos los partidos socialistas tenían décadas atrás: el partido de masas que todos los partidos socialistas fueron abandonando al mismo tiempo que abandonaban el marxismo mientras que allí en Bélgica el marxismo y el partido de masas sobrevivieron todo este tiempo. Podemos tiene ahí un espejo en el que mirarse, un espejo de cosas viejas que funcionaron y que nos dieron las más dulces conquistas sociales. Fueron esos partidos de masas y eso que en Bélgica se llama la Action Commune (la acción en común con los demás elementos del partido en la sociedad civil  -sindicato, juventudes, mutua, etc- ) los que traen y trajeron los avances sociales ¿Y si los recuperamos? Al final, le estamos dando demasiadas vueltas a algo que no tiene tanto misterio ni tanta dificultad: Aprender de los partidos de masas, construir estructuras de estado solidarias allá donde el estado no llega, y hacer que esas estructuras tengan un doble objetivo: mejorar la vida de las personas y, al mismo tiempo, hacer que esas personas se politicen y participen del cambio.

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