El PSOE en la encrucijada, de servidumbres y traiciones


El PSOE no lo tenía fácil. Cualquiera que fuese su decisión estaba condenada a ser mala. Apoyar a un partido que rezuma corrupción y que no ha querido regenerarse resultaba una opción descorazonadora, pero concurrir a otras elecciones, con el hartazgo ciudadano, tampoco parecía muy halagüeño. Sólo cabía, pues, ponderar cuál de los dos males se mostraba menos perjudicial. Y aquí surge la división que parece haber fracturado de forma casi irreversible al partido: para los partidarios del «No es No», el PSOE debía permanecer firme como una roca, no tener miedo a unas terceras elecciones consecutivas y ser coherente con su programa. Para la gestora encabezada por Javier Fernández, una abstención resultaba el mal menor, cuando no la única solución, porque pactar con Podemos significaba hacerlo también con los independentistas, y no pactar abocaba a unos nuevos comicios.

Personalmente creo que se ha optado por la única solución viable, mal que les pese a los sectores más inmovilistas del Partido Socialista. Encabezar un Gobierno con su exiguo número de diputados, y contando con fuerzas políticas cada vez más radicalizadas, sería una incoherencia; abandonarse a unas nuevas elecciones una falta de respeto al electorado. Pero, lejos de resignarse a que la abstención es el menor de los males, el sector insurgente del PSOE clama ahora por obviar la disciplina de voto (con la que no estoy de acuerdo, dicho sea de paso), pero no se quejaron de ella cuando les convenía, ni tampoco cuando se reformó el artículo 135 de la Constitución yendo de la mano con el PP, ese partido que ahora les resulta tóxico.

Abstenerse, dicen, supone faltar al compromiso con las bases del partido y la de los propios electores. Pero saber qué piensan a día de hoy los militantes socialistas (la mayoría, no los que asedian Ferraz, que son unos pocos), requeriría un proceso que, por su duración, no podría concluirse antes del plazo de disolución legal de las Cortes. La coyuntura ha cambiado tanto tras las segundas elecciones consecutivas, que el acuerdo adoptado por el Comité Federal del PSOE en su día poca validez tiene a día de hoy. No se diga, pues, que nada ha variado como para tener que reemplazar el «no» por una abstención porque no es cierto? vaya que si han cambiado las cosas: un segundo descalabro del PSOE, no sólo en las Elecciones Generales, sino también en las elecciones vascas y gallegas, y un repunte a nivel nacional del PP. Quien diga que nada ha cambiado es que es muy miope: ahora se certifica que, por mucho que digan las encuestas del CIS, a los españoles no les quita demasiado el sueño la corrupción del partido gobernante, vaya Vd. a saber por qué. A la mayoría de nuestros conciudadanos les preocupa más que gobierne Podemos que el tener que soportar cuatro años más a quienes tanto daño han hecho al Estado Social, y tanto han robado de las arcas públicas. ¿Qué nada ha cambiado? Pues sí: ahora se ratifica que el PSOE está en caída libre, que el PP recupera terreno (en parte en detrimento de Ciudadanos), que Podemos se desinfla como un globo pinchado por el radicalismo de Pablo Iglesias y los conflictos internos, y que IU ha dejado de contar en la política nacional al haberse dejado absorber, absurdamente, por Podemos.

Abstenerse no es lo óptimo, pero es lo único que entraña pensar en los españoles, y no en el propio partido. «El PSOE no debe tener miedo a unas terceras elecciones» afirma Francina Armengol. Falaz argumento de quien no está pensando en lo mejor para el país, sino para ella misma, que gobierna en Baleares con Podemos, un partido que ya amenaza con retirarle su apoyo en caso de una abstención socialista ante Rajoy. Decir que no hay que tener miedo a unas nuevas elecciones significa pensar sólo en lo que a ella le favorece, porque ¿acaso conviene a los españoles enfrentarse a una nueva cita electoral? ¿A más gastos electorales, a otros cinco meses sin Gobierno? Quitémosle a Armengol su salario hasta que haya Gobierno, y verán Vds. cómo urge a que se forme el Ejecutivo nacional.

Aquí parece que algunos no se han enterado: guste o no, los españoles han preferido al PP, y lo han dicho por dos veces, y cada vez más claro. Eso es lo que hay; a mí tampoco me agrada, pero sé reconocer una derrota y actuar en consecuencia. Convendría que se hiciese lo que en Gran Bretaña, constituir la «leal oposición»; una oposición férrea, dura, aunque constructiva, que controle al Ejecutivo y que le obligue a pactar sus decisiones. Pero quien ha sido elegido por los ciudadanos como oposición, debe ser respetuoso con la democracia, y no debe seguir empecinado en que se repitan los comicios hasta que se produzca el resultado que más les conviene, a saber: o ganar las elecciones (algo ahora mismo imposible) o que el PP arrase, en cuyo caso se hallarían en la comodísima posición de que su abstención no resultaría necesaria (lo cual demuestra falta de valentía política).

Por si fuera poco, ahora todos son jueces de lo que ha hecho el PSOE, aun cuando muchos de ellos también han sido parte en el juicio. Porque, de hecho, éste no se habría a lo mejor celebrado si aquellos que ahora alzan su voz hubiesen obrado de manera bien distinta a como lo hicieron en la primera investidura que tuvo lugar allá por el mes de diciembre, con Pedro Sánchez como candidato.

Empezando por Pablo Iglesias. Que ahora convierta a Pedro Sánchez en un mártir de los barones del PSOE tiene su gracia, porque fue él quien lo lapidó públicamente en aquel fallido debate de investidura. Fue él quien, besándose con los independentistas, relegó todo el programa social que tenía en común con el PSOE y prefirió blandir la enseña del nacionalismo, convirtiendo el problema catalán ?y no los derechos sociales? en fulcro de su partido, con un discurso que poco parecía diferenciarse del empleado por ERC o la CUP. Un Pablo Iglesias que, además, era consciente de que esa alineación imposibilitaba cualquier pacto con el PSOE, pero a él, en su arrogancia, le convenía, creyendo que forzar unas nuevas elecciones le permitiría fraguar su verdadero objetivo: sobrepasar al propio PSOE. Lo mismo, por otra parte, que pretende ahora mismo. Herido el PSOE, a buen seguro considera Pablo Iglesias que nada le conviene más a sus intereses que unas nuevas elecciones que podrían lograr, ahora sí, ese adelantamiento por la izquierda. ¡Qué hipocresía! El que ató a Pedro Sánchez con una losa para arrojarlo al pantano apoya ahora a quienes boicotean conferencias esgrimiendo pancartas a favor del caído líder socialista.

«El PSOE ha traicionado a sus votantes», afirma por su parte Alberto Garzón. Sí, el mismo que, ciertamente respaldado por las bases de IU, pero con una participación irrisoria, decidió dejar que su formación política fuese fagocitada por Podemos. Habla de traición el mismo Garzón que el día de las Elecciones Generales no comparecía ante la prensa, sino que se limitaba a figurar como convidado de piedra tras Pablo Iglesias; como uno de esos militantes-bandera que los partidos colocan en los mítines tras el orador, a fin de que asientan hipnóticamente a las afirmaciones de aquél, le rían sus gracias como en las carcajadas enlatadas de las comedias estadounidenses, y aplaudan cada vez que el líder eleve el tono de voz para indicar que eso es lo que toca. Lo único cierto de las palabras de Garzón y de Pablo Iglesias es que ellos serán la auténtica oposición; porque parece que oponerse a todo es su santo y seña. Oponerse incluso rodeando el Parlamento.

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