Cuatro partidos y los secretos de la Esfinge


En algún sitio he leído que la Esfinge de Gizeh guarda en su vientre cuatro secretos: saber lo que se quiere, querer lo que se puede, sentir lo que se sabe y poder sobre lo que se quiere, puede y siente. Si eso fuera así, harían bien los cuatro grandes partidos políticos españoles en viajar a Egipto, despejar las incógnitas que los atormentan -a unos más que a otros- y buscarse a sí mismos en los oscuros pasadizos del monumento. Intentaré, con toda modestia, indicarles el camino.

El PSOE necesita con toda urgencia saber lo que quiere. Compartir Gobierno con la derecha o reconstruir una opción de progreso. Bendecir las políticas del PP, asumiendo el argumento de Rajoy de que las diferencias cada vez son menores, o diseñar una política alternativa de sesgo socialdemócrata. Disputarle los votantes al partido mayoritario o intentar recuperar las masivas deserciones que se producen por su izquierda. Los socialistas tienen un grave problema de identidad. Ni el perplejo ciudadano ni ellos mismos saben si son carne o pescado, y esa esquizofrenia -hoy ni saludo al PP, mañana le facilito el Gobierno, pasado mañana le impido que gobierne- los conduce directamente al camposanto.

Podemos quiere lo que puede: convertirse en el partido hegemónico de la izquierda. La deriva del PSOE, al abandonar a su suerte a los damnificados de la crisis económica, le cedió el campo para nacer y desarrollarse. El paralelismo con lo sucedido en Grecia me parece de libro. El Pasok se convirtió en un apéndice de la derecha -Nueva Democracia-, se hundió en el fango y sus cenizas abonaron el triunfo de Syriza. Podemos, sobre todo su ala más moderada -Íñigo Errejón es a Alexis Tsipras lo que Pablo Iglesias a Varufakis, por seguir con la analogía griega-, recogerá muchos de los votos que el PSOE ha arrojado a la basura.

Ciudadanos, a estas alturas de la película, ya comienza a sentir lo que todo el mundo sabe: su pacto con el PP significa su momento de gloria. Consiguió aquello a lo que siempre aspiró y nunca logró UPyD: convertirse en un partido decisivo para la formación de Gobierno y con poder para imponer condiciones. He ahí su grandeza y también la debilidad de los partidos-bisagra. Rivera puede apoyar y apoya a Rajoy, pero no demasiado, porque sabe que otra mayoría absoluta del PP lo devuelve de inmediato a la insignificancia. Con agradecimiento, eso sí, por los servicios prestados.

El poder sobre lo que se quiere, puede y siente corresponde al PP sin discusión. Mariano Rajoy se salió con la suya sin mover un músculo y sin concesión alguna. Francamente tiene motivos para sacar pecho. Atravesó una durísima crisis en la que naufragaron Zapatero y Rubalcaba, su partido se sentó en el banquillo de los acusados y los españoles lo despojaron de tres millones y medio de votos, pero a sus adversarios aún les fue peor y él salió airoso en términos relativos. Y lo que no le dieron las urnas se lo regaló el PSOE. Solo tuvo que esperar a que los socialistas iniciasen su guerra civil.

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