Así planchaba, así, así

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

30 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La BBC reveló que en los talleres de Turquía donde se confeccionan algunas de las prendas de ropa de la gran industria textil, de multinacionales de todo origen y singularmente las españolas Mango e Inditex, tienen trabajando por salarios de un dólar al día a menores refugiados sirios. Se relata el caso de un joven de 15 años que pasa 12 horas planchando la ropa que luego llegará a nuestras tiendas de oferta, a precios módicos para la gente que trabaja aquí por un salario cada vez más mínimo y a mayor gloria de algunos de nuestros más renombrados emprendedores. Genios del éxito a los que se alaba sin ningún decoro en amplios reportajes en los que los palanganeros más escogidos se preguntan cuál puede ser el secreto de su fortuna. Ahí está, tener a niños trabajando la mitad de las horas que tiene un día.

La respuesta de las empresas, de las españolas que son las que más nos interesan, ha sido la habitual: echar balones fuera. En Mango aseguran que se trata de una subcontrata y que estaba fuera de sus auditorías. Después del reportaje dejaron de trabajar con ellos. En Zara explicaron que ya habían detectado incumplimientos de sus parámetros de inspección el pasado mes de junio y le había dado de plazo hasta diciembre para que resolviera el problema. 6 meses de plazo, cada uno con su treintena de días de los que la mitad se le irá planchando por un dólar la jornada, a ese chaval, o al siguiente de la lista, mientras se resuelve la cuestión. Ya si eso.

Ocurre que esta revelación no es nueva, que ya ha pasado en talleres en el sudeste asiático donde se hacinan trabajadores por miles hasta que un día se derrumban el edificio; que se conocen casos en Brasil donde se ha denunciado el trabajo de esclavos. Siempre, en todos y cada uno de estos casos, las compañías aducen que no sabían nada, que no pueden controlarlo todo. Seguramente sea cierto.

No creo que los directivos de estas corporaciones sean criaturas malvadas, que disfrutan sádicamente con el sufrimiento ajeno, con el llanto de los niños. Son humanos, humanos mezquinos, mediocres humanos para los que simplemente es una cuestión que les despierta indiferencia y bostezos mientras siga creciendo la cuenta de resultados. El problema es que te pillen y tengas que pasar un par de días de vergüenza, mejor eso que tirarte 24 horas planchado por un par de dólares, desde luego.

Pero es que los directivos de estas compañías no cobran precisamente un dólar por jornada, sino un múltiplo inimaginable para nosotros los mortales, todos los plebeyos que compran la ropa a buen precio porque la cosa está muy mal y no se puede rechazar ningún curro. Son auténticas millonadas, que se suelen acompañar de pensiones astronómicas y también de acciones preferentes, todo porque ocupan puestos de enorme responsabilidad, labores que sólo sus mentes privilegiadas puedan comprender. En esa responsabilidad no está, por supuesto, cerciorarse de que los talleres que subcontratan cumplen debidamente con los derechos humanos. En esa responsabilidad sólo está, en realidad, incrementar los beneficios a cualquier precio. También tener a refugiados, huérfanos de la guerra, planchando durante horas y horas. Y al día siguiente más horas y horas, y otras tantas al día siguiente, durante días, horas que se confunden con días.