Una investidura traumática


Advertía hace unos días del alto precio de la gobernabilidad. No por lo que tenga que ceder Rajoy, que está por ver, porque el movimiento se demuestra andando, y sus etéreas promesas de diálogo deben aún adquirir forma corpórea. De momento, y en su discurso de ayer fue especialmente evidente, cada ofrecimiento de diálogo lo acompaña de una advertencia admonitoria. Para que nadie olvide que en su mano tendrá siempre la llave de convocar elecciones cuando lo considere o le convenga. Mal asunto que, pese al desgarro que ha generado en el PSOE la decisión de despejarle el camino a la presidencia, su respuesta fuera hurgar en la herida intentando responsabilizarlo ahora, y a futuro, de sus políticas.

Pero lo más grave no es lo que ha costado, en tiempo y en consecuencias políticas, la investidura. Es lo traumático del proceso, que ha dejado un país peligrosamente polarizado, como se pudo comprobar en el Congreso con la intervención de Rufián. El tono despreciativo de sus palabras son un reflejo fiel del odio que se ha instalado en sectores sociales que abominan del que piensa diferente. Las posiciones intolerantes de quienes se creen poseedores de una verdad única son siempre peligrosas. Y mucho más cuando se hace de ello bandera política y se llega al punto de deslegitimar a las instituciones y la democracia misma.

La expresión máxima del trauma es el PSOE. El partido que más ha contribuido a vertebrar España es ahora una fuerza desvertebrada por su incapacidad para resolver la antinomia entre la responsabilidad institucional y las necesidades más urgentes de la gente. La guerra por el liderazgo esconde la falta de soluciones. El resentimiento se impone al proyecto, el poder se toma a la fuerza y del martirio se hace bandera. Y mientras los bandos se preparan para la gran batalla final, el PSOE es hoy el único partido sin líderes en el Congreso.

Profundas heridas que hay que cauterizar ya.

Una investidura traumática