Sánchez traiciona al PSOE y a todos los españoles


La culpa es de Susana Díaz, de los poderes fácticos, de Alierta, de los bancos, de la prensa, del PP, de Felipe González, del pensamiento único. De todos, excepto, naturalmente, de Pedro Sánchez. Porque si Pedro Sánchez no es ahora mismo presidente del Gobierno, en lugar de un exdiputado en paro, no es porque haya llevado al PSOE a los dos peores resultados electorales de su historia, porque se haya negado a asumir su responsabilidad o porque haya traicionado al Comité Federal negociando con partidos independentistas, sino por una confabulación política, mediática y económica en su contra, en la que ha participado su propio partido.

El relato, como dicen ahora los cursis, que pretende construirse Sánchez para justificar su fracaso y su derrota, además de suponer un dicterio sin precedentes de un dirigente socialista contra el PSOE, entraña un derroche de soberbia casi infantil. Porque, más allá de las responsabilidades que le correspondan a cada uno, lo que resulta incuestionable es que el balance de sus dos años de gestión al frente del PSOE se resume en que los socialistas tienen ahora la menor representación parlamentaria de su historia; han perdido todas las elecciones a las que se han presentado durante su mandato -excepto, precisamente, las que ganó esa Susana Díaz a la que culpa de sus males-; están más divididos que nunca y se encuentran, por primera vez en décadas, aislados en el Congreso. Y el hecho de que, frente a ese erial político que deja a su paso, el único error que se le ocurra reconocer a Sánchez sea el de haber llamado «populista» a Podemos, supone una tomadura de pelo y un insulto a la inteligencia, además de una torpeza, dado que el propio Pablo Iglesias reconoce que su partido es populista.

Pero esa especie de rendición y de petición de excusas a Podemos es ante todo un escarnio gratuito y cruel para esos millones de afiliados y votantes socialistas que han visto a Iglesias calificar al PSOE desde la tribuna del Congreso como «el partido del crimen de Estado». Ese Iglesias con el que Sánchez propone que los socialistas trabajen «codo con codo» es el mismo que hace cuatro días le daba palmaditas en la espalda a Gabriel Rufián, de ERC, después de que este desplegara desde la tribuna su discurso de odio guerracivilista contra los socialistas. Y el que dedicó también carantoñas al portavoz de Bildu, Oskar Matute, después de que calificara al PSOE como una «mafia». Con esos independentistas que insultan cada día a los socialistas y al resto de españoles es con los que Sánchez asegura «categóricamente» que el PSOE debe negociar.

Si había alguna duda de que nunca debió ser no ya presidente del Gobierno, sino secretario general del PSOE, ha quedado definitivamente aclarada. Acongoja, por no decir algo parecido, que España haya podido acabar gobernada por un irresponsable de semejante calibre, apoyado por el populismo y por quienes han convertido el odio a España en su profesión. Muy bien pagada, por cierto, con dinero de todos los españoles.

Sánchez traiciona al PSOE y a todos los españoles