La especulación y la ética


Antes de que estallara la burbuja inmobiliaria, fueron muchos los ciudadanos que compraron viviendas con la intención de venderlas y sacar de ese modo una plusvalía de la operación. Ramón Espinar fue sólo uno más de los muchos hombres y mujeres que, contagiados por la cultura del pelotazo, vieron en la burbuja inmobiliaria una manera fácil de ganar dinero especulando con la vivienda. No merece linchamiento mediático de ningún tipo por una operación que, según parece, estaba dentro de lo que dicta la ley. Pero tampoco se puede disculpar una actitud especulativa con un bien de primera necesidad al que muchos ciudadanos no pueden acceder. Espinar, máxime siendo un representante de los ciudadanos en las instituciones, debería ser consciente de ello y asumir responsabilidades por hacer exactamente lo contrario de lo que predica en la Asamblea de Madrid en lo que respecta a la vivienda pública.

Si algo me ha enseñado esta polémica en los últimos días es que aún hay muchos ciudadanos, incluso dentro de la izquierda, que justifican a aquellos otros que se dedicaron a especular con viviendas en la época de vacas gordas, convirtiéndose de ese modo en cómplices de una burbuja inmobiliaria que acabó en 2007 con las consecuencias que todos conocemos: crisis, desahucios, desempleo, recortes? Todo hacía pensar que, una vez conocidas las consecuencias de la especulación, al menos los ciudadanos más responsables tomarían conciencia de la perversidad de tales actitudes. Nada más lejos de la realidad, por lo que se ve.

Parece ser que comprar una vivienda para revenderla a los pocos meses sin haber vivido ni un solo día en ella, ganando 20.000 euros netos en la operación, no tiene nada de problemático en el terreno de la moral. Da lo mismo que, además, el citado inmueble se comprara a un precio por debajo del de mercado con el fin de facilitar el acceso de los jóvenes a la vivienda. Es indiferente, parece ser, que Espinar tuviese la opción de renunciar a la vivienda, con lo cual se le habría reintegrado la totalidad de lo aportado, o de venderla al mismo precio por el que la había adquirido. Nada malo hay en todo ello, parece ser. Era lo normal, dicen algunos. Lo hacía todo el mundo, dicen otros.

Pero no, no lo hacía todo el mundo. Lo hicieron muchos, eso es cierto, pero otros muchos, desde la izquierda, criticamos aquel fantasma especulativo que recorrió la sociedad española a comienzos del nuevo milenio. Y no hace falta, como sugieren algunos, ser un monje trapense o vivir al margen del capitalismo para defender tal postura. Solo se necesita coherencia y sensibilidad hacia los cientos de miles de ciudadanos que no pudieron acceder a una vivienda precisamente porque los precios se hincharon artificialmente por mor del crédito y de la especulación.

Yo no especulé con la vivienda cuando mucha gente lo hacía. Y conozco a otros tantos como yo que no quisieron aprovecharse de aquella situación para ganar un dinero fácil porque consideraban que especular con un bien de primera necesidad resultaba poco ético. Los que así obramos no merecemos una medalla, porque no hicimos nada extraordinario. Pero si merecemos que se recuerde que fue la cultura del pelotazo y la especulación, de la que fueron cómplices decenas de miles de ciudadanos, la que nos ha traído a donde estamos ahora. Podemos responsabilizar del desempleo, de los recortes y de los desahucios a los gobiernos, a las entidades financieras y a las instituciones económicas internacionales. Y tendremos razón. Pero no es justo olvidar que muchos ciudadanos fueron también cómplices de aquello y que quisieron ganar por la vía fácil unos cuantos miles de euros de manera irresponsable y sin atender a las consecuencias. Espinar es uno más y no merece ser linchado por ello. Pero tampoco los ciudadanos merecemos que se disculpen o se minimicen aquellas actitudes que ponen el lucro personal por delante de la ética pública y del bien colectivo.

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