A vueltas los deberes escolares


Se inicia esta semana una «huelga de deberes» promovida por la CEAPA, en la que se insta a que los padres justifiquen a sus hijos por no realizar las tareas encomendadas. El concepto de huelga de deberes ya es, en sí mismo, incorrecto: tal da la sensación de que quienes hacen los deberes son los padres, de modo que son también ellos quienes han decidido ejercer el derecho de huelga... es la única explicación posible, ya que al menos los niños de Primaria y de los primeros cursos de la ESO carecen legalmente del derecho de huelga.

El tecnicismo no es tal, porque, en realidad, creo que aquí radica parte del problema: aunque lo oculten deliberadamente, muchos padres sienten que los deberes les perjudican a ellos personalmente, quitándoles parte de su tiempo. Craso error. Si los deberes están bien asignados corresponde a los niños realizarlos, y no los padres.

A partir de aquí, creo que el debate sobre los deberes (recurrente todos los años al inicio del curso escolar) se encuentra enfocado de forma incorrecta, de donde deriva que a la postre se enquiste en posiciones maximalistas: deberes sí / deberes no. Y, como casi todo en la vida, la cuestión no se reduce a un código binario, sino a hallar una adecuada proporcionalidad.

Los deberes tienen en sí mismos un valor que a mí me resulta evidente (aunque parece que para otros no lo es tanto): promueven el hábito de trabajo y estudio, y permiten al niño organizarse. Es un método que, bien orientado, les proporciona el beneficio de llevar la materia docente al día (evitando los agobios pre-examen y la confección de «quinielas») y que, cara al futuro, le habilita para adquirir progresivamente la capacidad de estudiar en casa (que va a resultar inevitable si cursan estudios universitarios) y de realizar tareas intelectuales más allá del horario laboral (por ejemplo cuando toda participar en cursos de formación o cuando no queda más remedio que autoformarse para mejorar en el trabajo o en el negocio que se gestiona).

Este objetivo se logra siempre que se cumplan ciertas exigencias: primero, la cantidad de tareas encomendadas no ha de resultar excesiva, ya que, de lo contrario, la actividad del niño acaba resultando rutinaria (se hacen los deberes para despacharlos rápido), el aprendizaje resulta deficiente, y las tareas se convierten en una carga que, además, no tiene presente el cansancio de un niño que por semana está en clase un mínimo de cinco horas diarias. La segunda exigencia es que los deberes han de consistir en tareas relacionadas con lo impartido en el aula, de modo que sirvan para reforzar lo impartido, o en las que el niño (y subrayo el sustantivo) tenga que buscar información en fuentes fácilmente accesibles (por ejemplo, en los manuales de clase o en libros que hayan sacado de la biblioteca escolar previamente).

Si no se cumple con la segunda de las citadas exigencias es cuando, ciertamente, pueden producirse situaciones discriminatorias. Una tarea que no guarde relación con lo impartido en clase y que requiera el apoyo de un adulto entraña que no sea el niño quien realice el trabajo, aparte de que no siempre su familia se encuentre en condiciones (laborales, educativas, personales...) para echarle una mano. Lo mismo sucede si el niño ha de buscar información con inmediatez y no fácilmente accesible, porque ni todo el mundo tiene acceso a internet, ni tampoco posee una biblioteca apropiada en los anaqueles de casa (disponiendo el alumno de tiempo la situación es distinta, porque entiendo que en algún momento la familia podrá acompañar a sus retoños a una biblioteca pública, lo cual es, en sí mismo, una práctica más que saludable).

Sin duda, ninguno de estos planteamientos tendrá valor para los detractores de los deberes más intransigentes, aquellos que abanderan las posiciones más radicales y que, por fortuna, creo que no expresan el sentir general de la CEAPA, que hasta ahora se ha pronunciado con prudencia y respeto al profesorado. Pero lo cierto es que con frecuencia, esos mismos padres indignados y presuntamente preocupados por la salud mental de sus hijos evidencian ciertas dosis de hipocresía.

Por una parte, no son pocos los progenitores que parecen considerar que el profesorado los evalúa a ellos, y no a sus hijos. Son los papás y mamás hiperprotectores que se estudian las lecciones con sus hijos cuando estos tienen examen, que repasan a conciencia la tabla de multiplicar que tenían un tanto olvidada y que, cuando toca hacer un trabajo de manualidades, ponen literalmente en manos del niño un diorama digno de un museo. Manualidad en la que, obviamente, el niño no ha intervenido, y que papá o mamá han estado confeccionando a conciencia hasta altas horas de la madrugada; pero nada importa, ya que lo trascendente es que todos los demás chavales se mueran de envidia y que el profesor reconozca las habilidades «Art Attack» de papá y mamá.

Luego está la hipocresía, más cuestionable si cabe, de aquellos que alegan que los niños han de disponer de tiempo para jugar, cuando en realidad lo que quieren decir es «si mis hijos hacen deberes, no puedo quitármelos de encima en las actividades extraescolares que les he programado; a saber, kárate, judo, inglés, fútbol (que no falte, que todos piensan que tienen un Messi en casa), informática, danza, pintura, natación, ajedrez, canto minero, flauta dulce y, a eso de las nueve y cuarto de la noche, en un huequecito, dialectos autóctonos de Corea del Sur». Los niños de hoy en día están bastante más agobiados con las actividades extraescolares que con los deberes. Yo conozco más de un caso de niños que salen de una actividad y entran acto seguido en otra, incluso en una tercera, y eso prácticamente a diario. Qué duda cabe que hacer deporte, aprender música o estudiar idiomas resulta beneficioso, pero no seamos ingenuos: en vez de renunciar a alguna de estas opciones, muchos progenitores no tienen empacho en enjaretárselas todas ellas a sus hijos, y luego se quejan de que están saturados de deberes. Porque a pocos se les escapa que las actividades extraescolares, escogidas en demasía, tienen más de «aparcaniños» que de descubrir vocaciones y formar a futuros artistas, deportistas, manitas, científicos o intelectuales.

Precisamente porque los papás se sienten perjudicados personalmente al tener que renunciar a su tiempo (no el del niño) es por lo que muchos estigmatizan a los deberes, pero no utilizan la misma energía para cuestionar otros aspectos más necesitadas de reforma. Por ejemplo, el que los niños de la Enseñanza Secundaria Obligatoria tengan que ir cargados como mulas con doscientos libros en la mochila, portando un peso que cualquier traumatólogo consideraría a todas luces abusivo para sus espaldas. Por no hablar de los horarios dignos de uno de los círculos interiores del infierno de Dante: ¿acaso puede considerarse razonable que un niño de doce o trece años se pase desde las ocho y cuarto de la mañana hasta las dos y cuarto de la tarde en clases sucesivas? Eso sí que resulta totalmente antipedagógico: el niño no puede asimilar conocimientos con tantas horas de docencia seguidas. Mucho mejor sería reducir los horarios e incrementar los días lectivos. Pero claro, eso tampoco preocupa en exceso, porque las horas en que los niños están en las aulas no molestan en casa...

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