Rajoy y el laberinto de dios


Comienza ahora la segunda legislatura de Rajoy y a la izquierda lo que no es rabia es melancolía, rasgarse las vestiduras, gritos de traición por la abstención del PSOE. La izquierda, que siempre ha defendido la utopía como un horizonte al que dirigirse en el camino al futuro dedica sus días ahora a elaborar fantasías de lo que podría haber sido; tal vez un gobierno en el que socialistas y Podemos hubieran sumado los votos de los grupos independentistas (esos son los números que daban) y hasta fabulan con que ya estaba medio hecho, a falta de cortarse los últimos flecos, con el pequeño inconveniente de que, ERC al menos, asegura que nunca se había hablado con ellos y que en su lista de condiciones figura en primer lugar como requisito innegociable, un referéndum de autodeterminación. ¿Lo hubiera aceptado el comité federal socialista? La verdad es que no. Qué importa, en nuestra utopía pretérita, en el paraíso perdido de anteayer, todo se reduce a oscuros tejemanejes del Ibex35 y otros poderes ocultos. Otra opción era ir, en el mejor estilo del 98, a unas terceras elecciones por la honra y sin barcos, porque aunque hubiera una mayoría aún más holgada para Rajoy, al menos se salvaría el relato que, por lo visto, es lo que más importa.

Decía Ignacio Sánchez Cuenca que, a lo mejor, en otro país, en otra situación, hubiera sido normal facilitar la formación del gobierno con una abstención de un partido socialdemócrata a uno conservador, pero no era este el caso, sino que el de Rajoy era una «anomalía» por sus peculiaridades de pasotismo y pachorra en la impunidad ante la corrupción, su nepotismo chulo de decreto ley en los últimos 4 años y su concepción decimonónica del poder en todos los sentidos. Es cierto, esa es la verdad, ¿cómo hemos llegado hasta esto? Pues porque esa anomalía de Rajoy se explica porque enfrente ha tenido a otra; una anomalía de oposición, volcada en clavarse puñaladas entre sí, incapaz de convencer a un número mayor de gente que el PP de que la suya era una alterativa viable y, de no ser así, al menos, de que sería capaces (una vez constituido el parlamento) de sumar sus escaños para cerrar un bloque más sólido que el de Mariano. Y ha sido imposible. De hecho los esfuerzos de los principales partidos que podrían haberse aliado se han centrado en meterse el dedo en el ojo en cada ocasión, dar imagen de ser una banda ambulante sin propósito final, no se puede hacer un rebaño de gatos. A Rajoy le ha bastado esperar a que sus adversarios se aniquilaran entre sí porque nunca lo consideraron el adversario principal. Ilustrémonos con un cuento.

En «Los dos reyes y los dos laberintos», Borges describe a un monarca de las islas de Babilonia que concibe un laberinto inasequible por sus confusiones. En él introduce, para burlarse, a un sencillo rey de Arabia que sólo logra escapar rogando a la providencia. El árabe vuelve después con todos sus ejércitos, conquista las islas babilónicas y captura a su orgulloso rey al que luego abandona en el desierto, un laberinto «donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso». Ese es el laberinto de dios, y es la extensión del tiempo y el espacio hasta el agotamiento, que Rajoy domina como ningún otro.

¿Quién se ha enfrentado a nuestra representación del rey árabe? Saltimbanquis nada más. Pedro Sánchez se nos muestra ahora como adalid del voto directo de la militancia y la resistencia ante los poderes financieros. Una que antes negaba con desparpajo. Lo han hecho su ídolo casi los mismos que hasta mediados de agosto lo consideraban un pelele de rostro agradable. Esto es posible precisamente porque la izquierda sociológica, la que escribe la opinión publicada mayoritariamente, sólo desea relato, épica relatada y castillos en el aire desde los que señalar con dedo de pantocrator las impurezas de los paganos. Antes de su defenestración, Sánchez reclamó unas primarias sí, unas que tendrían que organizarse en 15 días, a las que no había posibilidad efectiva de que se presentara un contrincante. Sin tiempo para una campaña decente, sin debates en los que contrastar verdaderamente las alternativas. Era un puro plebiscito, que no tiene de democrático más que el barniz y la apariencia. Se lo pulieron, con dimisiones, amenaza de moción de censura y una votación de madrugada, un grupo de barones entre los que destaca la presidenta andaluza, pero esta terrible batalla también es ficción. Pedro y Susana, Susana y Pedro, tanto monta monta tanto, son dos caras de la misma moneda. De hecho Sánchez nunca hubiera sido secretario general sin el apoyo decisivo de la andaluza, en su manifiesta intención (la de ambos) de adulterar con el poder del mandato de una federación singularmente poderosa la elección por primarias del líder del partido. Hoy el PSOE es, como hace cuatro años, tras su primera derrota ante Rajoy, un partido ensimismado, que ocupa toda la jornada en sus cuitas internas sin resolver, y que por eso no puede recibir el apoyo mayoritario ciudadano. Porque no ha acabado de descifrar sus intrigas palaciegas en las que es de risa que haya quien se presente como víctima de ellas, cuando todos se metieron hasta las rodillas en el barro de sus luchas intestinas.

La gestora optó por dar comienzo a la investidura entre el aplauso de una prensa muy seria que alababa su «sentido de estado». Pero ha sido para poner de nuevo en la presidencia al hombre que alentó la conspiración del 11M, que acusó a Zapatero de ceder ante ETA porque no le ponían bombas y que hoy exige «responsabilidad» y facilitar la «gobernabilidad» después de hacer votar a su grupo en contra de las primeras medidas de austeridad de ZP, con una Europa que alucinaba rayando en el histerismo, y que jugó como nadie lo ha hecho aún en España con el populismo de decir que la economía se resolvería con «confianza», que se podrían bajar impuestos, que sólo es mala la deuda que crece con los demás y que la que se dispara con nosotros es inofensiva. 

Pedro, ídolo caído, tiene en su hemeroteca todo lo que uno quiera encontrar, una declaración para cada ocasión. Pero es que nos pasa lo mismo con Pablo Iglesias, que hace apenas unos meses decía que era una «idiotez» luchar en la calle en vez de en las instituciones, y hoy dice es que el único camino. Es un hombre que no quiere vencer ni convencer, que todo lo concibe en una blitzkrieg sin final. El mismo 20 de diciembre, cuando hacíamos las primeras cábalas de si se podría sumar más que el PP, ahogó todas las esperanzas al poner como línea roja frente a la social (siempre secundaria, terciaria, la última siempre), la territorial. Proponía negociaciones mientras perdona la vida de sus posibles socios. Eso en el mejor de los casos, porque en otras ocasiones les acusaba de crímenes de estado, ¿cómo negociar con ellos? Vale más el arqueo de las cejas de Errejón y su cara de estupor en el escaño que cualquier análisis electoral que se quiera hacer. Aún cuando hay debate interno en el seno de Podemos, los que no le entreguen su adhesión incondicional son «tibios», unos flojos aburguesados que no saben levantar el puño, y son también por supuesto, cómplices de la conspiración, del Ibex, de Cebrián, de los bancos, todos están implicados. Es una conjura mundial.

Así están los dos grandes partidos que se suponen de izquierda, o del cambio, o qué sé yo lo que hoy dirán en sus subidas y bajadas del laberinto babilónico con el que elucubran y tanto gozan. El tercero, Izquierda Unida, ha abrazado de la mano de Alberto Garzón el pagafantismo y poco más se puede decir de ellos porque han decido diluirse y desvanecerse. ¿Qué podríamos decir si no sabemos dónde están ni a qué se dedican ni qué intenciones tienen, más allá de salir a manifestarse ante el Congreso el día de la investidura? Nada, la nada.

El triunfo de Rajoy es ante todo la derrota autoinfligida de quienes deberían haber sido sus más firmes adversarios. Pero ni siquiera se han parado aún a pensarlo. Para ganar hay que sumar más, más votos, más alianzas anteriores o posteriores a las elecciones. Lo demás, las conspiraciones, las intrigas, las hegemonías, todo son pérdidas de tiempo. La vida sigue siendo cada vez más desigual y el trabajo más precario y más penoso. Pero nadie se ocupa de esto. Y además señalarlo te convierte en un traidor, en un vendido, que no juega como es debido en los pasillos del laberinto.        

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