Lo que nos jugamos mañana


Mañana es el primer martes después del primer lunes de noviembre. Podría ser un primer martes después de un primer lunes de noviembre más, pero no lo es porque hace cuatro años desde que otro martes hubo elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América, y eso significa que mañana vuelve a haberlas. Ya ven ustedes, un martes. Los americanos son raros hasta para escoger el día en el que votan -algo que no es azaroso, sino que viene motivado por viejas tradiciones económicas, agrarias y religiosas-, y quizás sea por este tipo de rarezas por lo que los americanos en general y sus elecciones en particular nos generan tanta expectación.

Porque, ¿quién no recuerda el 4 de noviembre de 2008, cuando el mundo entero miraba como los Estados Unidos escogían al primer presidente negro de la historia, después de que los afroamericanos hubiesen estado esclavizados y marginados durante siglos? Pues mañana la inmensa mayoría volveremos a estar con un ojo puesto en el otro lado del Atlántico, a la espera de que la victoria de Hillary Clinton colabore a romper ese techo de cristal que lleva siglos limitando el acceso de las mujeres al poder. Pero mañana todos seremos conscientes de que existe la posibilidad -estadística y demoscópicamente hablando- de que Hillary pierda las elecciones y las gane el inefable candidato del Partido Republicano, Donald Trump. Y ante esta posibilidad, en mi opinión aterradora, conviene hacerse la pregunta de qué nos jugamos nosotros en la elección de mañana, como ciudadanos y ciudadanas de España, de la Unión Europea y del mundo globalizado en el que vivimos. Al margen de las consecuencias macroeconómicas y bursátiles, así como geopolíticas, que han sido largamente explicadas en las últimas semanas por decenas de analistas expertos tanto en economía como en política internacional, a mí hay algo que me preocupa, no sé si más que eso, pero desde luego sí al mismo nivel... ¿Qué mensaje político de fondo enviaría al resto de países y a su ciudadanía que un personaje como Trump gobernase el primer país del mundo?

Supongo que a estas alturas de la campaña electoral estadounidense, nadie necesita que se recuerden los exabruptos que a lo largo de su vida ha soltado ese señor que inexplicablemente ha ganado las primarias de los republicanos americanos, pero por si hay algún despistado, recordemos que ha dicho sobre las mujeres que podía hacer lo que quisiera con ellas por ser una estrella, incluido «agarrarlas por el coño»; que él despediría a la presentadora de televisión Rosie O’Donnell por «fea y gorda»; y que también dijo que si Hillary Clinton no podía satisfacer a su marido no podría satisfacer a América entera. Recordemos que ha propuesto el bloqueo de la entrada de cualquier musulmán en Estados Unidos, así como el levantamiento de un muro que les separe de Méjico para impedir la entrada a los mejicanos y mejicanas, porque implicaban «drogas, delincuencia y violaciones». Y esto es sólo un resumen muy pequeño de decenas de declaraciones obscenas, narcisistas, racistas, y machistas. Es evidente que debe preocuparnos el hecho de que un personaje de estas características haya conseguido ya estas cotas de éxito, y que sin duda el Partido Demócrata -y también el Republicano- deben preguntarse qué han hecho y siguen haciendo mal para que esto haya podido ocurrir. Pero no es menos cierto que lo que debe preocuparnos de verdad es que Donald Trump gane. Porque ganaría la misoginia, la xenofobia y la insolidaridad. Porque perdería estrepitosamente la justicia, la igualdad y la fraternidad. Porque su victoria supondría un enorme balón de oxígeno para todos los populistas que pretenden hacerse con el Gobierno de sus respectivos países, y el inicio de una senda muy peligrosa por la que como españoles y españolas, y como europeos y como europeas, es mejor que nunca transitemos. Y porque ya existen en el mundo suficientes focos de desestabilidad y de desigualdad como para que los Estados Unidos sean uno más.

Es posible que Hillary Clinton no sea la mejor presidenta que pueda tener EEUU. Es posible que sea del establishment -de la casta, que dirían aquí algunos-, que haya cometido errores en el pasado y que no cumpla todos los requisitos que una persona de izquierdas desearía que tuviese quien presida su país. Pero espero y deseo de todo corazón que mañana Hillary haga historia, gane las elecciones presidenciales, sea la primera mujer presidenta de los Estados Unidos de América y mande a Donald Trump al más profundo de los olvidos. Porque, en definitiva, lo que nos jugamos en este primer martes después del primer lunes de noviembre es la posibilidad de tener un mundo mejor o tener con toda seguridad un mundo peor.

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