El PSOE, de nuevo en una encrucijada


Cuentan, que allá por finales de los años setenta del pasado siglo, Tarradellas, a la sazón presidente de la Generalitat de Cataluña, aconsejó al socialista Josep María Triginer, por aquel entonces consejero en el gobierno catalán, ante la indicación de éste de su necesidad de ausentarse de una reunión del Govern, pues una crisis de la Federación Socialista Madrileña requería su presencia inmediata. «Si es por eso» argumentó el honorable Tarradellas «no hace falta que vaya usted. Los socialistas en Madrid están en crisis por lo menos desde 1931».

Esta percepción, referida a la siempre díscola federación madrileña, es extensiva a la totalidad del partido. Efectivamente, la historia de la organización política fundada por Pablo Iglesias Posse ha ido siempre paralela a la convulsa historia de los siglos XIX y XX en nuestro país. Desde su creación allá por el año 1879, el PSOE ha sufrido recurrentes crisis, escisiones, luchas fraticidas entre distintas corrientes y demás peripecias que lo han dejado varias veces exhausto y al borde de la desaparición. Pues bien, no cabe duda, que actualmente el partido hasta ahora hegemónico en la izquierda española se haya de nuevo envuelto en una crisis, que yo me atrevería a denominar como una verdadera encrucijada. Resulta evidente que una parte de esta situación deriva de las enormes dificultades en que se encuentra inmersa la socialdemocracia y los movimientos de izquierda en Europa, una autentica crisis de identidad que tiene su origen más inmediato en la caída del Muro de Berlín y la consiguiente desaparición de los regímenes del denominado «socialismo real». Sin embargo, otra parte de la situación actual del Partido Socialista es consecuencia directa de las características y la propia idiosincrasia del socialismo patrio. En la Europa actual, la verdadera confrontación política no radica ya en la disputa entre el centro izquierda y el centro derecha. La autentica disputa se haya entre los partidos que podríamos denominar, con terminología de entreguerras, como «partidos de orden», es decir, aquellos que defienden la actual configuración de la Unión Europea y sus instituciones, el mercado único, la globalización y las políticas de austeridad que ésta mantiene, frente a los distintos «populismos» tanto de izquierdas como de derechas que ha ido surgiendo en el continente a raíz de la brutal crisis socioeconómica padecida.

Efectivamente, partidos como el Frente Nacional francés, el Movimiento Cinco Estrellas del Italiano Grillo, el ADF alemán y nuestro Podemos, tienen una característica común: son rabiosamente populistas, entendiendo el populismo no como un adjetivo peyorativo sino como una doctrina política y social que apela a los «intereses» o «sentimientos» del «pueblo» o de la «mayoría social», generalmente como contraprestación a los de las consideradas élites. Esta doctrina, sistematizada entre otros por el politólogo postmarxista argentino Ernesto Laclau en su obra «la razón populista» y en nuestro país por el filósofo y padre intelectual de Podemos, Carlos Fernández Liria en su «En defensa del populismo», se basa en dos pilares esenciales: una distinción dual entre «nosotros», entendidos como la gente normal, el pueblo y «ellos», a saber, las elites corruptas, la oligarquía, junto con la idea de defender la soberanía popular a toda costa, como contraposición a la democracia representativa propia de los sistemas liberales y apelando en algunos casos a la figura del plebiscito como única forma de defender la política democrática. E invariablemente para todos estos partidos, la elites corruptas, la oligarquía y la burocracia tienen un nombre común: Bruselas y las Instituciones comunitarias y junto a ella los dirigentes de los distintos países europeos que claudican ante las políticas europeas que sólo benefician a una élite en detrimento de los intereses del pueblo.

Efectivamente, la Unión Europea es la culpable de todos  los males, desde el desempleo rampante y el desmantelamiento del estado del bienestar, hasta la política migratoria que abre nuestras fronteras a miles de refugiados que llegan «extramuros». Y por ello, la practica totalidad de estos grupos políticos son, en mayor o menor medida, euroescépticos (en este sentido son elocuentes las manifestaciones de la líder del Frente Nacional y Eurodiputada Marine Le Pen, señalando que si llega a la presidencia de la Republica Francesa convocará un referéndum para la salida de Francia de la Unión Europea a imagen y semejanza del realizado por el Reino Unido). Y la pregunta que surge a continuación deviene lógica: en esta dualidad ¿dónde se encuentran los partidos socialdemócratas europeos?, y trasladando esta pregunta a nuestro país y de manera gráfica ¿Qué quiere ser el PSOE de mayor?. No voy a extenderme en la actual situación de la socialdemocracia en Europa, insuperablemente descrita por Tony Judt en su indispensable obra «Algo va mal», auténtico testamento político del historiador británico, pero sí quiero dar un par de apuntes sobre la situación en nuestro país.

Nuestra inclusión en la por entonces Comunidad Económica Europea, a mediados de los años ochenta del pasado siglo, supuso un salto cuantitativo y cualitativo en nuestro desarrollo económico y una consolidación de nuestra joven democracia, que acababa de una vez por todas con el secular aislamiento patrio. Sin embargo este ingreso, también supuso, como no podía ser de otro modo, una cesión de soberanía en todos los ámbitos, políticos y económicos por parte de nuestro país a las instituciones comunitarias. La entrada en Europa, supuso, en terminología futbolística, un verdadero «achique de espacios» en cuanto a la posibilidad de llevar a cabo unas políticas propias respecto a las directrices que nos llegan desde nuestros antaño territorios de Flandes. Como consecuencia de ello, las políticas, sobre todo en el ámbito económico, de los dos partidos hegemónicos que ostentaron labores de gobierno desde 1986 en adelante, apenas se diferenciaron en lo esencial, limitándose a implementar y desarrollar, transponer en terminología europea, las directrices europeas, las cuales ejercen una tutela que en los últimos tiempos llega hasta la elaboración del principal instrumento de política económica con que cuenta un gobierno, como son los Presupuestos Generales del Estado.

Por ello, y en la actual coyuntura socioeconómica, los márgenes con que cuenta el PSOE, para llevar a cabo una política socialdemócrata, de protección del estado de bienestar cuando ostenta el poder son nimios y ello conlleva un desencanto y una desafección de una parte sustancial de su electorado natural formado por las clases medias y trabajadoras. El Partido Socialista, configurado así como un partido defensor del establishment europeo, tiene que competir con el Partido Popular por un electorado tradicionalmente conservador, mientras que amplias capas de su electorado, jóvenes, trabajadores no cualificados y parados duramente castigados y empobrecidos por la crisis y las políticas de austeridad imperantes en Europa, huyen en masa hacia la opción populista encarnada por Podemos y sus adláteres.

El PSOE se enfrenta, pues, a la tormenta perfecta. Lleva seis derrotas electorales seguidas en las que ha perdido hasta un 40% de sus votantes desde el año 2008, su electorado natural es cada vez mas reducido y cada vez tiene más competidores en su espacio electoral. Los socialistas tenemos que discutir sobre algo bastante más trascendental que nombres. El socialismo democrático español tiene ahora mismo tres opciones: conservadurismo, populismo o renovación. Y en mi opinión, esta última opción es la única que puede sacar al partido socialista de la situación de marasmo en que se encuentra. Modernizar el partido significa, a mi entender, ofrecer un programa solidamente progresista que combine reformas, igualdad de oportunidades, una redistribución justa de la riqueza, inversión en formación y recualificación profesional de amplios sectores de la población, una economía abierta y una disciplina fiscal, buscando coaliciones con amplios sectores de la sociedad civil. Para ello debemos explicar honestamente a la gente, que el mundo ha cambiado, que la existencia de un trabajo fijo y estable para toda la vida es una entelequia y que  los problemas no se solucionan escuchando los cantos de sirena de lideres más o menos carismáticos, que señalan que esta crisis nace porque ahora gobiernan los “malos” y que todo esto se arreglará cuando lo hagan  los «buenos». Debemos, en fin, tratar a los votantes como ciudadanos responsables, huyendo de los eslóganes fáciles y la política de 140 caracteres. Sólo así se pondrán los cimientos de un verdadero socialismo del siglo XXI, y ello con la ayuda del partido que más ha contribuido a la modernización de este país en los últimos 100 años.

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