No, no es el final


La lectura de los medios -conocida la victoria del candidato Donald Trump- no puede resultar más desoladora. Si a ello se suma que en los días anteriores la prensa bienpensante había tocado a rebato, ofreciendo una imagen como mínimo esperpéntica del ahora Presidente in pectore, la situación se revela incluso trágica. En ella, Donald Trump aparece reflejado como un genuino representante del denostado populismo -en este caso de derechas- y se añaden a ello compañeros de viaje como el Ku Klux Klan o el UKIP y los recién llegados apoyos del Frente Nacional de Marine Le Pen, que aprovechaba oportunistamente para felicitar al victorioso candidato.  No, la cosa no es tranquilizadora.

Con todo, es esta una primera impresión. Algo de tiempo habrá para juzgar -el Presidente electo no tomará posesión hasta mediados de enero y no podrá hasta entonces pulsar a sus anchas el «botón rojo»- si «es tan fiero el león como lo pintan».  Frente a esa visión apocalíptica, me permito recordar que su primer discurso -inimaginable para algunos comentaristas de cabecera, según propia confesión- ha resultado respetuoso con su hasta ahora contrincante y ha hablado de restañar las heridas producidas en la sociedad estadounidense tras la enconada campaña vivida.

En todo caso, uno no tiene una bola de cristal y no puede por consiguiente adivinar lo que el futuro nos deparará. Por otra parte, una prognosis de la futura presidencia -particularmente en lo que atañe a la política exterior, en la que nos centraremos en este análisis de urgencia- se ve dificultada porque no ha constituido ésta un elemento central -¿cuándo lo es?- de la campaña. Lo poco que se ha dicho al respecto se ha vertido en un contexto poco propicio para ello -ciertamente el bravucón Presidente electo no ha ayudado a ello- y resulta difícil de extraer cuanto de verdad encierran sus alegatos.

Empecemos abordando el posible riesgo para la paz mundial -es un decir- del acceso del rubio Donald a la «Presidencia imperial». En este punto, no estoy seguro de que la victoria de Trump se traduzca necesariamente en más violencia en el escenario internacional. De hecho, si de algo se ha tachado a Trump ha sido precisamente de «aislacionista», propugnando un repliegue de EEUU respecto de los escenarios -Afganistán, Siria, Irak- en los que ahora se halla implicado. Ahora bien, si ese aislacionismo se conjuga con un unilateralismo en materia de uso de la fuerza (yo decido cómo, cuándo y por qué recurro a la fuerza), las cosas pueden ciertamente empeorar. A ello tampoco ayuda el recelo que frente a las organizaciones internacionales -con la ONU al frente- mantiene todo político conservador estadounidense; mucho menos Trump. En cuanto a los escenarios de posibles conflictos (Corea del Norte, China o Irán) es difícil saber cómo va a abordarlos. Desde luego si se deja llevar por el patrioterismo fanfarrón del que ha hecho gala durante la campaña, la cosa no pinta bien. No obstante, supongo que de los discursos electorales a la realidad hay un trecho y me resisto a pensar que el nuevo Presidente se dedique a jugar con el «botón rojo». Por lo pronto, las personas de las que se rodee serán clave: habrá que ver a quien designa como Secretario de Estado (Ministro de AAEE), como Secretario de Defensa o como Secretario de Seguridad Interior. Por otra parte, en el ámbito de la acción exterior el Presidente tendrá que contar con el Congreso; y aunque es cierto que las elecciones celebradas coetáneamente han arrojado una rotunda victoria del Partido Republicano -que controla ambas Cámaras (Representantes y Senado)- el tiempo dirá como discurren las relaciones entre uno y otro. En este orden, no ha de olvidarse que Trump no es un hombre del partido, sino un outsider, al que éste ha tenido que «tragar». En todo caso, me permito señalar dos cosas: una, que las relaciones internacionales son hoy en día muy complejas, vivimos en la era de la interdependencia y EEUU no podrá desplegar su «poder imperial» como antaño; y dos: que una victoria de Clinton no habría supuesto tampoco una actitud irenista. La administración Obama en general -y la antigua Secretaria de Estado en particular- habían adoptado una posición «belicosa» en su gestión (recuérdese la intervención militar en Libia en 2011; los «drones exterminadores», la ejecución extrajudicial de Bin Laden, etc.) y los expertos -muchos de los cuales veían en ella un «halcón»- no presagiaban que su victoria condujera a una política de «apaciguamiento» en algunos de esos «escenarios candentes».

Al hilo de las declaraciones de Trump a lo largo de la campaña, se ha especulado con el establecimiento de un nuevo clima de relaciones con Rusia, superando con ello esta nueva «guerra fría» en la que parecemos inmersos. En tal sentido, de creer a los medios de comunicación rusos habría que pensar que una mejora de las relaciones entre EEUU y Rusia no tendría por qué constituir algo malo en sí mismo -salvo que uno sea ucraniano u opositor sirio-. En todo caso, y ahora ya en serio, está por ver si ese feeling que parecen haber experimentado el presidente ruso y el candidato republicano durante la campaña se mantiene, porque los intereses de EEUU y de Rusia no son los mismos. En todo caso, de creernos la historia, una entente ruso-estadounidense podría -por poner un ejemplo- ayudar a resolver el «reñidero sirio», tras todas las fallidas tentativas hasta la fecha (Ginebra I, II y III). No obstante, no ha de ocultarse que esa entente no sería bien recibida en Europa, particularmente en Europa oriental, donde la hostilidad hacia el vecino ruso es patente.  

En cuanto a las relaciones con Europa también se ha sugerido que estas se verán dificultadas por el recelo que Trump -pese a sus ancestros alemanes- parece experimentar hacia la vieja Europa. Tiendo a creer que esa actitud viene movida ante todo por un tic de campaña para empatizar con el americano medio, harto de los cursis europeos, que con toda su prosapia no pueden defenderse a sí mismos. Creo pues que la idea de Europa expuesta por el hasta ahora candidato republicano responde a exageraciones, mixtificaciones y simplificaciones propias de toda campaña, que  conviene situar en su contexto. Por de pronto, las relaciones políticas y económicas entre EEUU y Europa son muy importantes -cierto es que rivalizan ahora con las que EEUU viene estableciendo en el Pacífico- por lo que no creo que un presidente en sus cabales esté por tirarlas por tierra. Por otra parte, se ha hecho hincapié en que el mensaje «eurófobo» de Trump buscaba con ello recuperar la confianza de EEUU en sí mismos, pero los granjeros y los ganaderos del Medio Oeste tienen que vender su maíz y su carne a Europa, y los americanos seguirán comprando Wolkswagen y Audi, con o sin Trump. En cuanto a las relaciones con la OTAN no conviene olvidar que EEUU también «se sirve» de Europa por su conducto, porque no es lo mismo defenderse desde Rota que hacerlo desde Tampa... En todo caso, al margen del resultado que han deparado las elecciones presidenciales estadounidenses, hace mucho tiempo que Europa debe reagruparse y repensarse. Y sería bueno, que en la actual coyuntura se dieran pasos firmes en tal sentido (Fortuna iuvat audaces).

En cuanto a la posible erección de un muro con México, un posible endurecimiento de la policía migratoria o una restricción de la política de cara a la acogida de refugiados -otras tantas «perlas» de la campaña- conviene recordar -bravatas aparte- que el endurecimiento de la política migratoria estadounidense -con o sin muro- es un hecho; el aún Presidente Obama no logró sacar adelante sus propuestas de regularización en sus dos periodos de mandato. En todo caso, la construcción de muros es, lamentablemente, un signo de los tiempos contradictorios en que vivimos y un exponente de la faz perversa del proceso globalizador. Me permito recordar que, sin tantas alharacas, nosotros -y Marruecos- compartimos «muros» -aunque los llamemos «vallas»- en Ceuta y Melilla, cada vez más altos, y con concertinas (cuchillas), cada vez más cortantes. En cuanto a la política de acogida de los refugiados sirios -conjugada con sus mensajes de prevención frente al terrorismo islamista- no parece descabellado que se endurezca. En todo caso, señalo dos datos: de un lado, los propósitos bienintencionados del Presidente Obama se estrellaron contra la indiferencia general, en la cumbre que convocó en Nueva York el pasado mes de septiembre; de otro, recordemos que la Unión Europea acordó el pasado mes de marzo una «Declaración» con Turquía que ha -como mínimo- ralentizado la acogida de refugiados sirios en suelo europeo.

Por último, si uno piensa en el hecho de que al nuevo presidente le corresponderá designar a un nuevo Juez del Tribunal Supremo -cuyo mandato es de por vida- reforzando la mayoría conservadora actualmente existente en su seno cabría llegar a la conclusión de que se avecinan malos tiempos para los derechos humanos y los derechos de las minorías allende el Atlántico. No obstante, me resisto a creer en una involución que tire por tierra todo lo bueno que -junto a lo malo- convive en esa gran nación. EEUU es un país muy complejo y que en su seno coexisten comunidades y sensibilidades muy distintas. Desde ese futuro Tribunal Supremo, verosímilmente, no se van a prohibir las armas, no se va a proscribir la pena de muerte, pero resulta difícil pensar que se lance una cruzada en pro de la América blanca, que cada vez lo es menos. Por otra parte, los poderes de los Estados en estas materias quedan a salvo de un hipotético programa contra las minorías. En todo caso, me permito recordar que el candidato no ha hecho a éstas chivo expiatorio en su campaña, sino a los inmigrantes ilegales (y me permito recordar que en el referéndum del Brexit muchos británicos de origen pakistaní votaron mayoritariamente a favor de la salida del Reino Unido de la UE para impedir la llegada de más «fontaneros polacos»). Cierto es que en su discurso también aludía a los musulmanes que no congenian realmente con los ideales americanos, y en eso -baste sólo recordar los acontecimientos de San Bernardino (California) hace casi un año- hay muchos estadounidenses que le siguen.

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