Trump, el indignado, versus Hillary y la casta


Desde el momento en que Donald Trump anunció su voluntad de concurrir a las primarias republicanas para ser elegido candidato, el proceso de elección presidencial se convirtió en algo cualitativamente diferente a lo que venía siendo en Norteamérica desde hacía muchos años.

Y ello no porque no hubiera habido antes de Trump candidatos republicanos muy conservadores, cercanos a lo que en Europa consideramos con razón posiciones extremistas de derecha. En absoluto. Por algo muy distinto: porque más allá de sus baladronadas machistas racistas y xenófobas, de sus propuestas descabelladas para contener la inmigración (¡levantar un muro en la frontera mexicana!) o de su absoluto desprecio a las políticas medioambientales de las que depende el futuro del planeta, el empresario estadounidense era un outsider, es decir, una persona sin ninguna experiencia de gobierno y situada completamente al margen del mundo político que pretendía liderar. Sin embargo, los asesores de Trump trabajaron desde el principio para convertir esa desventaja de partida en la gran ola que catapultase al candidato republicano a la presidencia del país. Y fue así como un multimillonario de trayectoria empresarial más que discutible, que llevaba años sin pagar un dólar en impuestos, conocido por sus excesos y la impúdica ostentación de su fortuna (no hay más que visitar la Torre Trump) pasó a convertirse de la noche a la mañana en un indignado, por decirlo con la terminología que nos es bien conocida.

Sí, sí, el millonario Trump transformado, ¡ale hop!, en un luchador contra el monopolio que representan los partidos tradicionales del sistema, en un David contra el Goliat encarnado en la casta que desde Washington controla la política norteamericana, y en el defensor de los norteamericanos excluidos del sistema por culpa de los inmigrantes que les roban el trabajo y hacen bajar los salarios, de los ecologistas que ponen trabas a la industria y de la pérdida de la hegemonía norteamericana como consecuencia de la débil defensa de los intereses políticos y comerciales del país por parte de Obama y, en general, de los demócratas.

Trump encontró en la oposición de una parte significativa del Partido Republicano a su candidatura y en la impopularidad de Hillary Clinton, identificada por muchos como una política profesional fría y distanciada de la gente, los dos elementos que necesitaba para tratar de dar verosimilitud a su discurso demencial. Todo lo demás acabarían por ponerlo unos electores que, como en tantos países de Europa, desde posiciones de extrema derecha o de extrema izquierda, acabaron por creerse que hay soluciones fáciles para los problemas difíciles, que hay mesías capaces de hacerlo todo bien frente a una casta política que todo lo hace mal y que los únicos políticos dignos de confianza son los que les dicen a los ciudadanos lo que quieren escuchar. ¿No les suena?

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