La inmensa mayoría de los europeos que ayer amanecieron horrorizados por el triunfo de Donald Trump ignoran qué propone en asuntos de defensa, política exterior o economía, que son los que más les van a afectar, porque la única información que han recibido hasta ahora es que su pelo es naranja y que es machista, xenófobo y depravado sexual. Cosas todas ellas ciertas, pero que no bastaban, como hemos comprobado dolorosamente, para explicar el fenómeno Trump. Esa Europa que se cree superior, y que en lugar de alertar sobre su discurso, se limitó a caricaturizar al candidato republicano sin otorgarle ninguna posibilidad, demuestra su total desconocimiento sobre Estados Unidos.
La tragedia democrática que supone la victoria de Trump es una clara advertencia para todos aquellos -incluidos por supuesto muchos españoles-, que parecen haberse aburrido de pronto de la previsible normalidad democrática y coquetean con el sermón populista enarbolado por caudillos que llaman de manera irresponsable a acabar con el sistema utilizando la falacia de que, por el hecho de que existan corruptos, el sistema entero es corrupto. La victoria de Trump demuestra que esa peligrosa basura política que se difunde desde diferentes ángulos ideológicos debe ser combatida con firmeza, pero con argumentos democráticos, poderosos e irrefutables, y no con insultos y ataques personales. Porque el peligro real no es Donald Trump, sino el hecho de que las ideas que defiende sean compartidas por una gran parte de los estadounidenses. Y el desafío es saber si, más allá de la catarata de ataques que le dediquemos hoy a Trump, esas ideas pueden acabar o no siendo respaldadas también por una mayoría en España y en el resto de Europa.
La verdadera alarma para el mundo es que si un hombre como Trump, al que todos consideramos un patán, un payaso y un ignorante, ha sido capaz de ganar con esas propuestas rayanas con el fascismo, nada impide que el veneno populista, que es defendido en Europa por candidatos intelectualmente más cualificados y con comportamientos menos estrafalarios que los de Trump, acabe imponiéndose también aquí. La digna y flemática Gran Bretaña, que miraba con una mezcla de humor, superioridad y autosuficiencia al paleto de Trump, ya comprobó con el zarpazo del brexit que nadie está libre de la amenaza populista.
Limitarse a tachar de «analfabetos» y «orangutanes» a los que han elegido a Trump, como hacían ayer muchos analistas, -que es lo mismo que hicieron con los que apoyaron el brexit-, solo refuerza ese discurso demagógico que hace creer a muchos votantes que todos sus males se deben a un sistema dominado por una casta que los insulta y con el que es necesario acabar. Decía Churchill que «democracia significa que si el timbre suena en las primeras horas, es probable que sea el lechero». Ahora sabemos que si se acaba con esa poco excitante expectativa, quien acaba llamando a la puerta no es el lechero, sino Donald Trump.