Inmenso poder, y no sabemos para qué


De momento tenemos dos Donald Trump, como suele ocurrir en la política de las promesas falsas, las campañas demagógicas y los personajes de Twitter. Tenemos al Trump de la campaña sucia, que consiguió asustar a medio mundo y descalabró los mercados por la simple posibilidad de ser elegido. Y tenemos al Trump del discurso de ayer que quién lo ha visto y quién lo ve: se transfiguró, lanzó un mensaje de corte clásico de ganador con su promesa de gobernar para todos, llevarnos bien y recomponer la unidad, que este es un gran país. Quien lo haya escuchado por primera vez habrá pensado que estaba oyendo a un tipo moderado de toda la vida. Incluso a un ser racional.

Y lo que es la magia del poder: las bolsas, que se habían pegado un batacazo al saber quién había ganado, dulcificaron su caída después de verle tan comedido y conciliador, como recordando la frase evangélica: «Una palabra tuya bastará para sanarme». Traducido a la prosaica realidad, los mercados le enviaron un clarísimo mensaje: si te avienes, Donald, a una política moderada con reformas sin sobresaltos, una política de sentido común, te dejaremos respirar. Como hagas las barbaridades que has anunciado del muro en la frontera, de la guerra comercial proteccionista, de la expulsión de once millones de extranjeros, de atentar contra las bases económicas, te dejaremos pasar a la historia como el Lehman Brothers que provocó la segunda Gran Recesión del siglo XXI.

Ahí lo tenéis, por tanto, obligado a elegir entre el Trump que él mismo fabricó para consumo de cabreados y el Trump obligado a representar según el libro de la moderación. Él decidirá, porque, aunque los representantes y senadores de Estados Unidos tienen libertad de voto, muy pocos presidentes americanos tuvieron la mayoría de las dos Cámaras de su mismo partido. Eso le da un inmenso poder. Y un inmenso poder es un arma peligrosa en un tipo que añade a sus dotes de insolencia una visible inclinación al autoritarismo. Porque Trump es eso: un demagogo para encender auditorios, con un perfil autoritario que no puede disimular.

Hillary Clinton lo sabe. Hillary Clinton lo teme, cuando menos, y por eso hizo un discurso donde deslizó la defensa de los principios constitucionales y del Estado de derecho. Los ve en peligro, al contrario que nuestro jefe de Gobierno, que pareció trumpista de convicción y casi feliz de que Donald Trump presida los Estados Unidos. Yo creo que se pasó en la cortesía e hizo una demostración de que en la política exterior del PP priman los intereses sobre los principios. Hasta que aquí aparezca otro Trump, que es lo que puede ocurrir y ocurrirá si se mantiene el cabreo con la clase política y el malestar de la sociedad.

Inmenso poder, y no sabemos para qué