Las palabras son «domesticar» y «domar»


Lo escuché en una tertulia de la radio y me pareció un acierto. Sonaba más o menos así: «Ahora empieza la tarea de domesticar a Donald Trump». Yo hubiera dicho domar, que, según el diccionario de la RAE, significa «amansar, hacer dócil», se supone que a un animal salvaje. Y, en segunda acepción, es «sujetar, reprimir». Domesticar, en cambio, es «hacer doméstico a un animal», y tampoco es cuestión de tener al señor Trump en casa. Tampoco es cuestión de aplicarle la segunda acepción («enseñar a un animal a obedecer al hombre y a hacer todo lo que él le mande»), porque no veo yo al nuevo presidente sujeto a esa disciplina.

Ahora que todo el mundo, literalmente, se pregunta qué va a hacer el populista engrandecido, lo que debería plantear ese mismo mundo es qué va a hacer con él. Y creo que es buena receta la de domarlo o domesticarlo. Es lo que se hace con los animales salvajes o bravos, pero también lo recomendable con dirigentes que parecen asilvestrados. ¿Y qué es domesticar al señor Trump? Exactamente lo que usted está pensando: decirle «niño, caca» cada vez que se intente arrimar a Putin en detrimento de los demás niños de su clase, que son los socios tradicionales de Estados Unidos; explicarle que gobernar para todos es respetar a las empresas y personas extranjeras que crean riqueza en su país, aunque no hayan nacido allí; obligarle a que respete todas las religiones, como dijo Hillary Clinton, porque todas son respetables, aunque él piense que solo la suya es la verdadera; darle lecciones de qué es el comercio internacional ahora que estamos en la globalización y hacerle salir del intervencionismo, que será muy patriótico, pero va contra los intereses de su nación; contarle que expulsar a once millones de inmigrantes sin papeles es como echar de Grecia a todos sus habitantes, provocar un conflicto de imprevisibles consecuencias y condenar a toda esa gente a la privación de sueños de futuro, o hacer que entienda que completar el muro que ya separa a su país de México es levantar otro muro de la vergüenza.

Son muchas tareas para un curso acelerado, pero el mundo las necesita. Es difícil, quizá imposible, que se avenga a aceptar esas lecciones, pero es lo que se exige a los gobernantes de talla mundial. Y, si nos las acepta, será el presidente de los Estados Unidos de América más impopular e iniciará una era de desprestigio de su nación. Pero estemos medianamente tranquilos: lo domesticará o lo domará el propio ejercicio del poder. A un profesor mío de Lugo le preguntaron por qué daba siempre aprobado general, y el respondió: «Ya los suspenderá la vida». Lo mismo puede ocurrir con Trump. Lo malo es que ese suspenso lo tendremos que pagar todos los demás.

Las palabras son «domesticar» y «domar»