¡Quién aguanta ahora a Pablo Iglesias!


La elección de secretario general de Podemos en Madrid parece un asunto local, y no lo es. Se trata de la primera confrontación directa y en urnas de dos sectores que hasta ahora solo habían chocado en cuestiones de estrategia: el de Pablo Iglesias, claramente identificado con un populismo radical de izquierdas y partidario de la movilización social, y el de Íñigo Errejón, más moderado en la forma y más inclinado a la acción parlamentaria.

Al primero lo representaba en la contienda de Madrid Ramón Espinar, que se hizo famoso por la plusvalía del piso social que buscó, encontró y vendió en Alcobendas. La candidata del segundo era Rita Maestre, que también tuvo su minuto de gloria cuando participó a pecho descubierto en el asalto a la capilla de la Universidad Complutense de Madrid.

Y ganó Espinar, a pesar de la onda expansiva del pisito. No se puede decir que el electorado perdonó una vez más un comportamiento de discutible ética, porque todos los votantes eran de Podemos y no podía haber castigo de una sociedad plural. Pero sí se puede y debe decir que la victoria de Espinar es la victoria de Pablo, y esto tendrá consecuencias políticas fuera del ámbito de Podemos. Al respaldar a su candidato, se respalda también su política. Al castigar a la candidata de Errejón, se rebaja su influencia dentro del partido. La teoría de la agresividad formal y la movilización le gana su primera batalla a la moderación. Como dice con buen humor un mensaje que me enviaron ayer, «no va a haber quien aguante a Pablo Iglesias».

Eso es: no habrá quien lo aguante, porque Iglesias Turrión tiene como primera vocación la vocación de poder. Todos los políticos la tienen, como es natural, pero él probablemente sea el que más claramente la confiesa. No hay discurso en que no arengue a sus fieles o trate de asustar a la casta con la seguridad de ganar, aunque falten cuatro años para las próximas elecciones generales. No hay declaración suya en que no trate de arrebatar al PSOE la jefatura de la oposición. Y últimamente se propone hundir a Ciudadanos, porque Albert Rivera es el líder nuevo que le impide considerar casta a todo lo que no es Podemos.

La victoria de su hombre en Madrid -un podemita puro, de eficacia dialéctica, buena presencia y contundencia populista- es un escalón en la escalera que le conduce al cielo que se propone conquistar. Y anoten un detalle: su compañero de escalada vuelve a ser Juan Carlos Monedero, que había dimitido porque espantaba a las clases acomodadas y medias, y ha retornado sin cargo, pero con voz y autoridad, para recuperar las esencias doctrinales. Y Monedero no es ningún centrista. Es el gran ideólogo que interpreta el cabreo de la sociedad.

¡Quién aguanta ahora a Pablo Iglesias!