13 nov 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Como dicen en Estados Unidos todas las elecciones presidenciales son una votación entre cambio y continuidad. Ser hombre o mujer, blanco o negro, guapo o feo, listo o tonto, prudente o bocazas por supuesto influye en el resultado final. Pero lo más importante es qué representas, si llegas al electorado y si conectas con sus preocupaciones o su manera de ver el mundo.

Eso ha pasado el martes en Estados Unidos pero llevamos viéndolo por todas partes desde el inicio de la crisis. Candidatos populistas con programas irrealizables, cuestionamiento del sistema político, hartazgo con las élites que han dirigido la nación... Las democracias más consolidadas están siendo víctimas de ese virus: Reino Unido, Francia, Alemania, ahora Estados Unidos... pero también España.

Hay toda una generación de personas jóvenes con derecho al voto amargadas y desilusionadas porque no tienen empleo, o es precario, o cobran poco, tarde y mal, o siguen viviendo con sus padres, o en una vivienda que no es suya o cuya hipoteca apenas pueden pagar, o quieren formar una familia y no pueden, o ya la tienen y a duras penas hacen frente a los gastos diarios, o tienen hijos y cada inicio de curso es un suplicio económico. Y todo eso mientras hacen horas y horas en trabajos para los que no estudiaron y que no les gustan o peor aún, echando currículums sabiendo que tendrán suerte si reciben alguna llamada. Ese no es el mundo de éxito que ven a través de la televisión o de internet y del que se sienten excluidos. Tampoco es el mundo en el que esperaban vivir cuando eran unos niños y tenían ilusiones de cómo sería su vida en el futuro.