El nacimiento de una nación


En las tiendas de recuerdos de Arizona a Utah, atravesando los parques nacionales, se venden camisetas con fotos de indios navajos y la leyenda «Combatiendo el terrorismo desde 1492». Toda tierra tiene a sus desheredados. También este sueño americano, donde los nuevos navajos son una clase media cada vez más baja y cada vez más desesperada, la conjunción perfecta para escuchar los cantos de sirena de un populista de reality show. Pronto Trump será una horrorosa causa, pero no debemos perder de vista que es, sobre todo, una fatal consecuencia de las cada vez más acusadas diferencias entre ricos y pobres, y de la falta de respuesta de una clase política empeñada en traicionar a aquellos que confiaron en ella. No se puede pretender romper techos de cristal viviendo en una burbuja y en un coche blindado de cristales tintados. Hubiese sido suficiente con bajar la ventanilla para verlos a ellos y a ellas, los expulsados del sistema. En ciudades como Las Vegas, la marea humana de indigentes recuerda la escena de confederados moribundos sobre las vías del ferrocarril de Atlanta en Lo que el viento se llevó. Hay un Estados Unidos de América más allá de Times Square y de Bel-Air. La victoria de Trump parece una secuela de El nacimiento de una nación, donde D.W. Griffith retrató la vida de dos familias durante la Guerra de Secesión. La película cayó como una bomba por ensalzar al Ku Klux Klan y por situar a los negros (hoy serían negros, mexicanos y musulmanes) como asesinos, violadores e ignorantes. Griffith dijo que no se entendió su ironía, que pretendía hacer una crítica al racismo imperante entonces, y filmó luego Intolerancia para redimirse. Han pasado 101 años y un Griffith nada irónico ha llegado a la Casa Blanca. Pero lo que ha sucedido ahora ni es culpa de la democracia ni de quienes han confiado su voto a alguien que si de algo no ha pecado es de falta de sinceridad: todos sabemos, porque lo ha dicho él por activa y por pasiva, que es misógino, racista y homófobo. Trump, y esto es lo que asusta, ha presumido de esas, cómo decirlo, ¿cualidades?, para auparse a la presidencia de la primera potencia mundial. No es, por cierto, el primero que las reúne y tiene en sus manos el teléfono rojo. Sesenta millones de americanos se han tomado su brebaje. «De perdidos, al río». Veremos cuántos acaban ahogados en ese río. Y cuántos ríos acaban emergiendo en Occidente. Demasiado al límite se ha tenido que poner a un pueblo para que quienes menos tienen hayan decidido arrojarse a los brazos de míster populismo. Ahora, se dispone a gobernar América un hombre que no es capaz de gobernar ni los esfínteres de su propia lengua, ni tan siquiera su cabellera.

El nacimiento de una nación