Pactar para no cambiar


¿De qué pactos habla usted, señor Rajoy? Tal como va girando en sus ideas, quizá sería conveniente hacer un catálogo de asuntos que se pueden negociar y cuáles son innegociables para el Gobierno que tanto nos honra con su mandato. Lo digo porque, según como salga el sol, la Moncloa abre grandes posibilidades de acuerdo, las cierra o las abre y las cierra en el mismo discurso. Las abrió el 27 de octubre en la primera sesión de investidura y las cerró el sábado siguiente, cuando dijo que menos ilusiones, enanitos. Las abrió este último sábado en Santiago, inspirado por el sonido de las gaitas y la efigie del apóstol Feijoo, y las abrió y cerró ayer, en el mismo discurso a sus coroneles en Madrid.

Cuando mira a sus 137 escaños, adopta las formas dialécticas de su amigo Javier Arenas: «Mucho diálogo, mucho pacto y mucho acuerdo». Cuando mira a sus ministros, le sale una prevención frente a su posible desviacionismo y les envía el recado del «no nos moverán»: la política económica será «sustancialmente igual»; tranquilo, Montoro. Y respecto a las reformas, no serán liquidadas. Ni la laboral, por supuesto; ni siquiera la educativa, que todos pensábamos que Méndez de Vigo se iba a estrenar como portavoz al grito de ¡abajo la ley Wert, vivan los arreglos de Méndez de Vigo! El grandioso Pacto por la Educación, introducido en el programa presidencial, se hará para dar el visto bueno a la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, Lomce. ¡Vivan el diálogo, el pacto y el acuerdo!

Yo trato de entender a Rajoy: necesita decenas de votos, por lo menos 39, para que el Congreso no tumbe todos sus proyectos de ley y todas sus iniciativas, y en ese momento es más pactista que todos los líderes de la transición juntos. Ah, pero de noche se despierta sobresaltado por una pesadilla: la oposición se ha metido de tapadillo en el Consejo de Ministros a decir que Rajoy depende de la oposición para todo, hasta para gobernar las pequeñas cosas del día a día. En esas pesadillas le resulta especialmente molesto un jovenzuelo llamado Rivera, que anda por periódicos y platós de televisión diciendo que va a tolerar esto y rechazar lo otro y anunciando que pondrá plazos para esto y condiciones para lo otro, como si él fuese el presidente de verdad.

En una de esas pesadillas va a pasar lo peor: que Rajoy se cabrea, se levanta de la cama y llama a Soraya para que prepare el decreto de disolución. ¿Otra vez, presidente?, preguntará Soraya. Y el presidente: por lo menos, haz que circule el rumor, que el PSOE recuerde las encuestas y que todos recuerden quién puede disolver las Cortes.

Y en esas andamos: aviso de futuro y pactar para no cambiar. Ese es el nuevo talante del Gobierno popular.

Pactar para no cambiar