Es difícil encontrar un abismo más grande que el que se abre entre el discurso pronunciado ayer por el rey Felipe VI en la apertura solemne de la legislatura y el comportamiento que demuestran los diputados y senadores a los que dirigía sus acertadas palabras. Consciente del complejo tablero político surgido de las urnas, el monarca reclamaba «un diálogo permanente y un debate siempre constructivo» que tenga como objetivo «resolver los problemas de los ciudadanos» con «generosidad», «responsabilidad», «respeto» «y «entendimiento». Pero, lejos de esa búsqueda del consenso en favor de la sociedad, los partidos piensan solo en sus propios intereses. El Gobierno y el PP, tratando de imponer unilateralmente sus posiciones sin tener en cuenta su situación de minoría y exigiendo a la oposición que las asuma bajo amenaza permanente de llamar a las urnas. Los socialistas, negándose de antemano a hablar siquiera sobre unos Presupuestos que todavía no conocen, y más preocupados de su guerra interna que de los problemas de los españoles. Podemos, en su eterno no a todo y confundiendo el derecho a cuestionar cualquier institución, incluida la jefatura del Estado, con la mala educación que ayer demostraron sus diputados en el Congreso. Y Ciudadanos, arrogándose siempre un protagonismo que excede en mucho su exigua representación.
«Dignifiquemos la vida pública y prestigiemos las instituciones», decía el monarca. Y enfrente tenía a un presidente del Gobierno que utiliza las prebendas asociadas a la presidencia de una comisión del Congreso, que sufragan todos los españoles, para pagar lealtades políticas personales. Y a un ex ministro del Interior reprobado que acepta presidir una comisión irrelevante para añadir 1.431 euros a su generosa nómina de diputado y cobrar así más que cuando era ministro. Lo mismo que los diputados socialistas afines a Pedro Sánchez, que después de haber quedado en minoría en el partido se negaban a dar un paso atrás, aferrándose con uñas y dientes a sus cargos para no perder sueldo y canonjías. Unos socialistas que no son, por cierto, los más indicados para cuestionar las recompensas a un exministro reprobado, porque ellos auparon a la vicepresidencia del Banco Europeo de Inversiones a Magdalena Álvarez, la primera ministra de la democracia reprobada en las Cortes. El propio Pedro Sánchez pretendió mantenerla en el cargo y cobrando un sueldo de 23.000 euros al mes después de ser imputada por en el caso de los ERE.
Don Felipe, en fin, apeló al diálogo incluso para resolver el problema de Cataluña, pero la respuesta de los independentistas fue el desprecio, porque tuvo la osadía de añadir que ese diálogo debe producirse siempre «dentro del respeto a la ley». Y claro, eso, no, porque para ellos la Constitución es solo una cosa molesta, aunque cobren cada mes su sueldo de diputados gracias a ella.
Al acabar su discurso, al rey unos le aplaudían mucho y otros, nada. Pero lo cierto es que ni unos ni otros le hacen puñetero caso.