El nuevo peligro de la humanidad


Acabo de conocer la existencia de una industria fácil y próspera: la industria de la mentira. No es una parábola, ni una caricatura de la información actual, ni nada de eso. Es toda una industria, con sus centros de fabricación, sus empleados, sus proveedores de materia prima y sus millones de clientes en el mundo. Se trata de factorías donde se fabrican embustes que después son distribuidos por una red casi siempre gratuita y de fuerte impacto en la opinión. Principal fabricante, Estados Unidos. Principal canal de acceso del gran público, parece que Facebook. Y buen negocio, según los datos: al tener muchos visitantes esas páginas de la mentira, sus autores o propietarios se llevan importantes beneficios en publicidad. Me cuentan que un solo hombre, autónomo, que trabaja en solitario, gana una media de 10.000 dólares mensuales, cantidad que no lograría si se dedicase a redactar noticias verdaderas. Su eficacia, desvergüenza y poderío se ha visto en las últimas elecciones americanas, donde se difundieron noticias de toda falsedad y beneficiosas para Trump, que algún día habrá que investigar si las financió. De esa fábrica proviene un contenido que quizá todos ustedes recuerden: se dijo que su santidad el papa Francisco respaldaba la candidatura del ya presente electo. No me extrañaría que en esas informaciones hubiese bebido el propio Trump cuando dijo que Obama no había nacido en Estados Unidos o le atribuyó la fundación del Estado Islámico. Y no sería extraño que una parte de su éxito electoral se haya debido a un hábil manejo de la falsedad.

La falsedad, pues, como arma de destrucción. La mentira, como instrumento político de asalto al poder. Y la sociedad, indefensa. ¿Cuántos incautos y desinformados que, sin embargo, tienen derecho a voto forman su criterio sobre esas noticias inventadas? ¿Cuántas honras se deshacen, sin que haya un autor responsable a quien reclamar? Y todo ello, desde la mayor impunidad y con mucha gente queriendo entrar en ese negocio fácil, que no requiere inversiones ni empleados, sino simple deseo de dañar a unos o encumbrar a otros.

Pero hay un riesgo todavía peor: una vez descubierta la mentira como negocio y como arma, ¿quién nos asegura que no la utilizarán los grandes poderes, políticos y económicos, para destruir a sus competidores? ¿Las famosas e inexistentes armas de destrucción masiva de Irak habrán sido la primera utilización de la mentira para provocar un conflicto de enormes dimensiones? Hay factores nuevos en nuestra vida colectiva que se escapan al control humano -por ejemplo, de los servicios de información de los Estados-, aunque sean humanos sus fabricantes. Es el último factor de inseguridad para la Humanidad.

El nuevo peligro de la humanidad