Sentirse víctima, en cualquiera de las facetas de nuestra vida, es el espíritu en boga. No dudo de la existencia de motivos para sentirnos así en ocasiones, en tantos aspectos donde las decisiones de los otros, las relaciones de poder, las limitaciones que nos sujetan y las que nosotros mismos nos creamos nos colocan en situación de aparente desventaja, que provoca la sensación ?muchas veces superficial- de ser agredidos o perjudicados. Nos vemos como víctimas del sistema, por lo general, y de muchos de sus actores en particular y queremos identificar a los responsables. Aunque algo hay en nuestra condición tendente a ser, en función de las circunstancias y la disposición, víctimas y victimarios, a usar y abusar o a ser usados y abusados, como dice la canción de Eurythmics (de la época donde las canciones de éxito comercial además valían la pena).
En la dimensión política, colocarse en la posición de víctima --con más o menos razones-- y hacer de ello el eje de las actitudes y apetencias tiene un efecto inmediato, que es convertirse en la población (el «target», dirían los estrategas) a la que con más ahínco, por su número, se dirigen fuerzas y movimientos que han crecido espoleados por la crisis. Para el populismo, la víctima sin duda lo es en todos los casos y debe encontrar el confort como tal en la voz que entiende y proyecta su irritación. La confluencia del enojo por toneladas, convenientemente gestionado con un motor apto para la manipulación, lo convierte en un combustible que otorga gran potencia, pese a las muchas emisiones contaminantes: el embrutecimiento de la política, el ambiente inquisitorial, el efecto disolvente sobre instituciones y pactos, etc. No se trata de atribuir conciencia colectiva a quien se siente desamparado, para construir algo mejor con lo que superar el estado de cosas. Y tampoco se trata de una emancipación común, lo que hace el proceso más sencillo (no se requieren teorías sólidas ni proyectos complejos) y a la vez más explosivo. Se trata sólo de utilizar el dolor y el enfado en toda su extensión para auparse sobre él, con cuatro ideas elementales que, en los modelos en alza, nos suenan bien viejas: la nación y sus mitos, el recelo al extranjero y a la diversidad, las economías cerradas con pretensiones autárquicas, la sumisión al poder (una vez que se conquista) y, en la práctica política, el culto a la personalidad (por ridículo que sea el líder, en algunos casos) y el ejercicio del autoritarismo sin complejos.
El punto de inflexión que marca la victoria de Trump en las elecciones norteamericanas nos muestra a qué nivel el elector-víctima es capaz de cambiar decisivamente las tornas, haciéndolo en un sentido aparentemente opuesto al que sus intereses apuntarían, si supiese identificarlos con claridad. Es realmente alucinante que el trabajador de los Estados del Rust Belt, castigado por la crisis industrial sin reconversión ni rescate económico, sublime su hartazgo entregando su voto a un multimillonario sin escrúpulos y públicamente encantado de no tenerlos. Lo hace, se dice, porque habla claro, ya tiene señalados a los causantes del problema y no representa al establishment. Desde luego, no realizan su elección por conciencia de clase ni con el ánimo de superar la dominación sentida, porque la construcción de un poder democrático no es su prioridad mientras reine la decadencia productiva y la incertidumbre económica. Con dar una patada al caldero (y ¡vaya si la han dado!) les sirve. El problema es que sin abandonar la condición de víctimas --en la medida en que ya lo fuesen antes-- se convierten a su vez, sin conciencia nítida de ello (aunque no siempre, no hay más que escuchar los terribles eslóganes del público en los mítines de Trump) en victimarios de terceros, ya sean los inmigrantes, los musulmanes, las mujeres a las que tratar como trofeos o comparsas, etc. Convirtiendo también en potenciales víctimas, de paso, a ciertos principios elementales como la integración económica global, la buena vecindad con los países limítrofes, la convivencia en la diversidad, la multilateralidad, la protección del medio ambiente a escala planetaria, etc.
La actitud, ya sabemos, no es muy diferente a la que exhiben en Europa quienes se sienten víctimas de la pérdida de homogeneidad racial y religiosa, de los inmigrantes y sus descendientes, de los representantes públicos y las instituciones, de Bruselas, de los medios de comunicación, de los impuestos o de los sindicatos, entre otros señalados como responsables por los distintos populismos que pueblan parlamentos, acarician el gobierno en países esenciales para la integración comunitaria y nos colocan ante la mayor crisis de la democracia liberal desde los años 30. La internacional del cabreo no tiene, pese a todo, ninguna trabazón y los que están montados en su ola son potenciales antagonistas, sobre todo cuando, en ejercicio efectivo del poder, tengan que buscarse enemigos exteriores. Pero comparten estilo y saludan mutuamente sus victorias electorales, ahora que aún están -mientras la conciencia democrática no despierte- en fase ascendente, a lomos de las víctimas y a la caza de culpables, sin miramientos.
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