¿Vivimos en los Estados Unidos de Europa?


Siempre, a lo largo de la Historia, ante una crisis de modelo, ya fuese de imperios, de reinos o de ciudades-estado, se ha tendido a buscar dentro de la comunidad, de lo inmediato, aquello que lo lejano y ajeno parecía no otorgar. A día de hoy, cuando los Estados-nación se encuentran en entredicho, esta búsqueda es más que evidente. Por este motivo está proliferando el multiculturalismo, la vuelta a la autenticidad, al calor de lo familiar, de la comunidad. Este retorno hacia lo conocido nos proporciona seguridad frente a la incertidumbre, convicción frente al desasosiego y la sospecha. Pero hay más razones que lo explican. La identificación, la identidad, se produce de un modo más sencillo con lo próximo, con lo contiguo que con lo lejano y amplio. Por ello, en este momento, los euroescépticos pueden estar satisfechos, los partidos de ultraderecha entran a formar gobierno y los cosmopolitas son señalados como locos extravagantes, nuevos pijos ricos que pueden permitirse serlo. 

Para esta visión comunitarista, las instituciones comunitarias o supraestatales se encuentran demasiado lejos y nunca entenderán los problemas de lo cotidiano. Por su parte, el Estado se entiende como un «comunitas communitatum», en lugar de una colección de individuos, egoístas y aislados. El Estado debe facilitar la consecución o, al menos, la persecución de los fines de los miembros integrantes de agrupaciones dentro de la sociedad (nunca de los individuos, parece ser). Por este motivo, el papel centralizador de decisiones se entiende poco útil, prefiriéndose el principio de subsidiariedad, inclinándose por adoptar las decisiones en el ámbito local, siempre que sea posible. 

Este principio de preferencia de lo local frente a lo estatal nos sirve para abordar la situación actual de los Estados-nación, sobre todo en Europa. Para muchos nos encontramos ante una crisis del modelo, para los menos, ante un proceso de readaptación a nuevos retos, mientras nadie parece recordar la juventud de los mismos. Giovanni Sartori, gran conocedor de la realidad europea, considera que los Estados-nación se están vaciando en lo más pequeño (nacionalidades, secesiones) y en lo más grande (supranacionalidades-UE). 

Muchos abogan por reproducir otras experiencias estatales… ¿qué funcionó tan bien en la formación de los Estados Unidos? ¿Cómo se conformó la unidad de una nación en la que se podía ser blanco católico y negro musulmán? Un crisol de culturas, con diferentes religiones, culturas, lenguas, costumbres, gustos… Por qué no aplicamos los mismos criterios a los inmigrantes en Europa, a los refugiados que deseen adquirir la nacionalidad española o italiana o alemana, a los musulmanes, a los animistas, a los de color de piel más oscura, a los que no hablan español con fluidez… De entrada, una nación de naciones como la americana podría ser imitada por una nación de nacionalidades y regiones como la española. En principio, no parece que Utah, Oregón o Missouri estén por la labor de iniciar un proceso soberanista como Cataluña, por lo que algo podríamos aprender, ¿no les parece? 

Vuelvo a coincidir con Sartori en que esa simetría no es posible a día de hoy, al menos en Europa y, seguramente, en el resto del mundo. En aquel momento se trataba de construir una nación (nueva) con nacionalidades (no tan nuevas) en un espacio prácticamente libre (olvidando, como solemos hacer, a los indios americanos o del resto de etnias que ya ocupaban el espacio que se convirtió en EEUU). De hecho, la prueba más evidente es que EEUU está empezando a compartir los problemas migratorios y los sentimiento de rechazo que plantean las llegadas del «otro» o las culturas del«que no es como yo», ¡hasta tal punto que algún candidato a la Casa Blanca prometa llevar a cabo políticas migratorias que hubiesen impedido la llegada de sus propios abuelos! No es posible repetir en Europa este acontecimiento porque, entre otras razones, no se trata de crear una nueva e inexistente nación (y que nadie piense que la Unión Europea lo es) ni ocupar espacios más o menos vírgenes. Estas realidades, ocultas parcialmente por las épocas de bonanza económica, están alimentando el euroescepticismo actual y, de paso, la vuelta hacia los orígenes, el rechazo de lo ajeno o la incomprensión hacia el inmigrante. Ese famoso crisol (melting pot) no tiene cabida en unos Estados-nación con una historia que encuentra movimientos de ruptura interna e indiferencia hacia la supraestatalidad. Así las cosas, en medio de la nada, el Estado-nación debe lidiar con el secesionismo, con la inmigración, con los dictados de Bruselas y los mercados, con la exigencias de autenticidad infraestatal, con las demandas de asimilación o, directamente, con la expulsión de los inmigrantes... Y el Estado-nación, actualmente, no está para muchas demandas. 

Tal vez la solución sea, como se ha dicho en muchas ocasiones, hacer más Europa. No obstante, alejen las tentaciones de pensar que la UE es un (único) Estado federal, soberano y comprometido con los derechos humanos a nivel universal. No lo es o, ¿por qué cuando pasa algo realmente importante se reúnen (solo) algunos jefes de estado y de gobierno? ¿Por qué algunos de sus miembros levantan vallas cada vez más altas y largas? Quién sabe si, en 1946, el discurso Winston Churchill en la Universidad de Zurich hubiese sido otro.

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