Hay dos perspectivas desde las que el fallecimiento de Rita Barberá es un hecho completamente normal: la de los médicos, que cuando describen los riesgos de las enfermedades cerebrovasculares parece que están hablando de ella -exceso de peso, sedentarismo, estrés prolongado e intenso, y vida profesional sumamente agitada-, y la de los ascetas cristianos, que insisten a tiempo y a destiempo en que la muerte anda a nuestro alrededor como un león rugiente que busca a quien devorar, y que Dios nos va llamando, con criterios inescrutables, sin que nadie conozca ni su día ni su hora. Así que, con estas premisas, Rita Barberá se murió con toda normalidad, después de una vida plena e intensa, y en un rango de edad razonable. Por eso creo que, si todo acabase aquí, bastaría con compartir el dolor por su fallecimiento y hacerle a su memoria la mejor justicia posible.
Pero con Rita Barberá se han cometido dos errores -uno en vida y otro en muerte- que obligan a humanizar su desaparición y respetar su memoria incluso a quien, como es mi caso, no la conocía de nada, no tenía simpatías por su modelo político, y no estaba seguro de que su opción de blindarse en el Senado fuese un acierto, ni para sus propios intereses ni para los de ejemplaridad de la vida pública. Y por eso haré dos reflexiones delicadas con la brevedad que hace al caso.
La primera, que a mí me queda un pésimo regusto sobre las investigaciones a las que estaba sometida. Y no porque una senadora no tenga que ser investigada, sino porque la magnificación de su causa hasta límites paroxísticos, en la que colaboraron por igual la Justicia, los medios y la sacudida del polvo de chaquetas que hizo el PP -«esa señora ya no es militante del PP»- dejan un regusto a un acoso que, además de formar parte de las hipótesis que provocaron su colapso, ya no podrá ser superado con la justicia de un hipotético sobreseimiento, ni con la versión equilibrada de su posible responsabilidad penal y política.
Y la segunda, que me resulta dramático y doloroso que en España ya no se respete el tiempo en que una persona está sobre tierra, cuando todos sus errores quedan atrás, y todos sus ejemplos deberían germinar. Hasta ahora estábamos de acuerdo en que la muerte nos iguala a todos, en que con la miseria humana no se puede construir ni la justicia ni la felicidad, y en que un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio. Pero esta vez tenemos la sensación de que el sectarismo y la mala educación se han colado en la muerte, y de que la deshumanización y la destrucción de valores y costumbres milenarias acecha seriamente a los vivos.
Por eso deseo que descanse en paz Rita Barberá, y que tanto la tierra como la memoria histórica le sean leves y justas. Porque a nosotros nos queda una tarea ingente y penosa, cuyo buen fin nadie garantiza.