Trump, ¿síntoma o enfermedad?


Tras las elecciones presidenciales en EEUU viene circulando entre algunos sectores de la izquierda un discurso sorprendente. La tesis central es que la victoria de Trump es un síntoma de la crisis económica, de la globalización y de todos aquellos fenómenos asociados al capitalismo tardío que han provocado la ira de buena parte de los ciudadanos norteamericanos, desafectos con el sistema en el que les ha tocado vivir. Por tanto, no deberíamos, dicen, escandalizarnos por la victoria del magnate americano pues no es ese el problema principal sino tan sólo uno más de sus síntomas. Una reflexión que encaja como un guante con otra que mantuvo esa izquierda antes de las elecciones según la cual Hillary Clinton sería mucho peor en la Casa Blanca que el propio Trump.

Pero por mucho que la Gauche Divine 2.0, versión europea, insista, lo cierto es que la victoria de Trump no es sólo un síntoma. Es una enfermedad en sí misma y de una gravedad extrema. Sus consecuencias son desconocidas por ahora, pero nada bueno podemos augurar si atendemos a los nombramientos que ya ha anunciado Trump. La tesis de que el magnate no va a poder hacer aquello que prometió en campaña porque el sistema y los poderes fácticos se lo van a impedir queda desmentida no sólo al conocer los nombres de los personajes que van a situarse en los alrededores del despacho oval sino también por una historia que está repleta de líderes políticos que, una vez en el poder, cometieron auténticos desmanes sin que nada ni nadie los pudiese parar.

Pero la victoria de Trump no es sólo catastrófica por las políticas que puede poner en práctica sino también porque constata la existencia de más de sesenta millones de estadounidenses que han dado su apoyo a un discurso abiertamente xenófobo. Hay quien dice que no deberíamos caricaturizar a los electores de Trump como si se tratasen de rednecks; paletos de la américa profunda al más puro estilo de Cletus, el personaje de Los Simpsons. Y es cierto. No existen sesenta millones de Cletus en EEUU, aunque si hay cinco millones de afiliados a la Asociación Nacional del Rifle, varios cientos de miles que participan en el movimiento de milicias y un puñado de millares que son miembros del Ku Klux Klan o de organizaciones similares. Nada tranquilizador, vaya.

Decir que el voto a Trump es un voto de protesta contra el sistema y contra la globalización, como ha mantenido una parte de la izquierda, sí que es una caricatura en toda regla. Quienes han votado a Trump no culpan al sistema de sus males. Tampoco a la globalización. Culpan al otro, al diferente. Culpan al inmigrante, al latino, al musulmán, al homosexual, a la mujer que se rebela contra el patriarcado... Ese, y no otro, ha sido el leitmotiv de la campaña de Trump y lo que han comprado sus votantes. Por eso resulta un fenómeno tan alarmante.

Precisamente quienes más sufren las consecuencias de la globalización, aquellos que han sido situados en los márgenes del sistema, no han votado a Trump. Son las minorías, y no el angry white male, las principales damnificadas por la crisis económica. Pero a pesar de ello no se han dejado embaucar por un discurso que echa la culpa siempre a otro, al otro, al diferente...

Trump no es sólo un síntoma. Es la enfermedad. Una enfermedad que ha provocado la crisis de los valores democráticos precisamente en las regiones más privilegiadas del planeta. Una enfermedad que hace ya tiempo que infectó Europa y de la que ahora se ha contagiado Estados Unidos, lo que supone un grave problema para la seguridad global.

En los próximos años el planeta va a sufrir los embates de dos fuerzas de distinto signo que están en  expansión: la extrema derecha y el islamismo radical. A la izquierda todo esto le ha pillado con el pie cambiado y sin un discurso serio acerca de asuntos tan importantes como la integración de las personas inmigradas. Hemos dejado que la extrema derecha monopolice el discurso sobre las políticas migratorias o sobre la lucha contra el yihadismo sin que desde la izquierda seamos capaces de responder, más allá de aferrarnos a un multiculturalismo ramplón, posmoderno y relativista. En algunos casos incluso hemos contribuido a la crisis de los valores democráticos con discursos antipolíticos poco responsables. Al fin y al cabo la izquierda, quién sabe si por su herencia autoritaria, nunca ha sido precisamente muy partidaria de la democracia representativa que ahora se ve amenazada por la derecha radical en un ascenso que parece imparable. Ya va siendo hora de reflexionar y de plantar cara a aquellos que suponen una amenaza para nuestro sistema de libertades y de derechos. Entre ellos, cómo no, Donald Trump y todos los Donald Trump que tenemos a este lado del océano: Marine Le Pen, Nigel Farage, Heinz-Christian Strache, Tom Van Grieken, Nikolaos Michaloliakos, Gávor Bona, Geert Wilders y tantos otros. Ellos son la enfermedad.   

Trump, ¿síntoma o enfermedad?