Adoradores de la posverdad


El diccionario Oxford suele acertar a la hora de escoger las palabras del año. Lo clavó en el 2013 con la imbatible «selfie», no estuvo tan fina en el 2014 con «vapear», sorprendió en el 2015 con la elección de un «emoji» y ha sabido reconocer en el 2016, el año que votamos peligrosamente, la importancia de una voz de nueva creación, la posverdad. 

Esta palabra alude al peso menguante en la opinión pública de los hechos objetivos y de lo razonable frente a los llamamientos emocionales y las creencias personales. Se ha puesto de moda en España tras la victoria de Donald Trump , pero ya lleva tiempo circulando en el mundo anglosajón, donde el Tea Party, la neoderecha alternativa y los partidarios del brexit llevan mucho tiempo cortejando (y por desgracia también seduciendo) al electorado desencantado con medias verdades, mentiras flagrantes y soluciones mágicas. 

Ese tipo de propuestas vuelan a la velocidad de la luz, disfrazadas de noticias impactantes, por redes como Facebook, también cuestionadas tras el triunfo del magnate del pelo naranja. Gracias a ellas posverdad ha sido la palabra del 2016. Pero también puede serlo del 2017. Y del 2018. El panorama es tan inquietante que conviene citar al escritor Julian Barnes y su novela El ruido del tiempo: «Cuando cortas leña, las astillas vuelan». Y alguien ha puesto en marcha una motosierra.

Adoradores de la posverdad