La inteligencia emocional, la esperanza de los feos

OPINIÓN

03 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Igual que la mayoría de la gente yo también llegué a creer en la existencia de un don personal para caer bien. Me fascinaba comprobar cómo algunas personas poseían una energía formidable para atraer a los demás, tenían algo especial, llamémoslo… un don. 

No cabe duda que el aspecto físico dispara en nosotros todos esos mecanismos arcaicos que están grabados en lo más profundo de nuestra mente. En esas profundas zonas tenemos programadas ciertas rutinas que hacen que aceptemos o rechacemos a las personas por unos u otros atributos físicos, y no hablamos de gustos culturales sino del gusto innato por lo bello. Nos cautivan las personas con caras simétricas, nos seduce el pelo brillante, las curvas prominentes, la piel tersa, las espaldas anchas… y de igual forma repudiamos lo tosco, lo amorfo y lo áspero. Me imagino que por eso Lee Van Cleef, el eterno malvado secundario, no logró nunca un papel de bueno, por mucho que suavizara su colérico y enjuto rostro. 

No faltan los estudios que relacionan la hermosura con el éxito en la vida. Algunas investigaciones afirman que los guapos tienen mejores sueldos, posiciones sociales, gozan de mayor reconocimiento, obtienen mejores calificaciones y, por si fuera poco, las estadísticas desvelan que las condenas judiciales resultan más benévolas cuando el culpable es… bello.