Socialistas sin complejos


El Partido Socialista ha fulminado sus complejos. Hasta ahora parecía dominado por Podemos. Mientras estaba gobernado por Pedro Sánchez, se dejaba arrastrar por Pablo Iglesias y competía con él. Y había algo peor: no quería ningún acercamiento al Gobierno del Partido Popular por puro miedo a que lo acusaran de colaborar con la derecha. Por eso no tuvimos Gobierno durante once meses y el PSOE desembocó en una abstención traumática que estuvo a punto de romperlo por la mitad. A efectos electorales, todo ha sido un despropósito: en las primeras elecciones, el electorado premió al partido original, Podemos, como suele ocurrir, y en las segundas repetidas envió a muchos votantes a la abstención. El desastre de intención de voto se sigue manifestando en las últimas encuestas.

Ahora, bien sea por la actitud de la gestora, por la inspiración andaluza de Susana Díaz o por las iniciativas de quienes tienen autoridad moral como Pérez Rubalcaba, el Partido Socialista ha cambiado totalmente de actitud. Es cierto que participó en la revuelta de la oposición contra las principales leyes del anterior Gobierno de Rajoy, pero, mientras lo hacía, negociaba. Negoció incluso personalmente con el presidente. Y fruto de esa negociación es un salario mínimo que sigue siendo raquítico, pero es la mayor subida en muchos años y un aumento de la posibilidad de déficit de las comunidades autónomas que solicitaban los principales barones. El descontento de la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares no es más que la excepción que confirma la regla. El precio que paga es permitir que el techo de gasto salga adelante.

Pero lo importante no es eso. Lo importante es que, por fin, el PSOE consigue superar esa dependencia acomplejada de Podemos. Consigue salir de lo que Javier Fernández llamó «podemización» del socialismo. Y lo trascendente es que ese acuerdo le da estabilidad política al país. Desaparece la amenaza o el riesgo de tener que volver a las urnas a partir del próximo mes de mayo. Permite al Gobierno dibujar una actuación política coherente. Y nos vuelve a instalar en algo que nunca se debiera haber perdido: la cultura del pacto.

¿Beneficia a Rajoy más que al PSOE? Es posible, porque el partido mayor siempre se beneficia de las alianzas. Pero ¿qué importa? El socialismo español necesita recuperar personalidad propia, instalarse en la centralidad de la política y no aparentar ni agrandar las discrepancias cuando en cuestiones presupuestarias los dos partidos mayoritarios están condenados a hacer una gestión similar. Si, además, el Partido Socialista gana tiempo para resolver su crisis interna, ha hecho una buena operación. Con que en esa espera gane centralidad, ya gana mucho. Y España también.

Socialistas sin complejos