El sueño de ser periodista

OPINIÓN

07 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Siempre había soñado ser periodista, pero sabia que nuca lo podría conseguir porque mis padres no tenían recursos económicos para que pudiera estudiar. Nací en los difíciles años 50, en el seno de una familia muy humilde y cuando España todavía seguía recuperándose, en parte, de su pasada guerra civil, por lo que poder estudiar en aquellos tiempos solo era cosa de ricos. Tendrían que pasar casi dos décadas para que, ya en mi adolescencia y juventud, tuviera por primera vez contacto con el apasionante mundo del periodismo. Mi vocación, aunque muy temprana, no se vería materializada hasta el año 1976. En ese año, por pura casualidad, comencé desde Salas, donde vivía y trabajaba como ganadero, a colaborar como corresponsal para el diario La Nueva España. Hoy, 40 años después, aún recuerdo la primera vez que llegue a la redacción de la calle Calvo Sotelo para tener mi primera entrevista con el querido y prematuramente desaparecido, Faustino F. Avarez, por aquel entonces jefe de corresponsales en el diario. Con más nervios que si fuera a pedirle una plaza de ministro, le pregunté que requisitos necesitaba para poder escribir desde el concejo salense. Faustino me miro, sonrió, dio una profunda calada al puro que fumaba y me dijo: «nada, Manolo, gustarte escribir y tener buen olfato para buscar las noticias». Confieso que aquel día me sentí el ser más feliz de la tierra. Al fin iba a poder cumplir mi sueño. Faustino sería desde entonces y para siempre mi padrino en esto del periodismo.

Muchas cosas han pasado durante estos 40 años de mi vida escribiendo en la prensa regional. Como es lógico en tan largo periodo de tiempo, he tenido la oportunidad de contar buenas y malas noticias, de ver la cara mas alegre y divertida de la gente, y en otras también la mas triste y dolorosa del ser humano. Pero por encima de recuerdos, buenos y menos buenos, siempre me quedará la recompensa de haber visto hecho realidad mi sueño: escribir en un periódico.

Indudablemente, el periodismo de hoy día nada tiene que ver con aquel otro del que les hablo, allá por los años 70 del pasado siglo. Atrás han quedado las viejas y destartaladas Olivetti o los complicados rollos de fotos, que siempre era una odisea que llegaran a tiempo a la redacción para ser revelados. Siguiendo mi andadura como periodista de los de pueblo, recuerdo que en el año 84, La Nueva España, que entonces dirigía un tal Pedro Pascual, me echo del periódico «por rojo». Decía cosas que entonces no estaban muy bien vistas que se contasen. Cabreado por aquello me resistí a tirar la toalla. Fui a LA VOZ DE ASTURIAS -su redacción se ubicaba entonces en la calle General Elorza- y allí me volvería a reencontrar con Faustino Fernández Alvarez, que más tarde sería director del periódico. Fueron aquellos los mejores años de mi etapa como corresponsal, conviví en la redacción con magníficos profesionales del periodismo asturiano, tales como Carlos Rodríguez, Próspero Morán, José Antonio Brom, Rebustiello, Luis José Ávila y el gran Lorenzo Cordero, uno de los más agudos e incisivos del periodismo de aquella época.

Entre las muchas anécdotas que uno podría contar después de tantos años hay algunas que se han quedado grabadas en mi retina. Por ejemplo, cuando en el año 1996 viajé hasta La Habana para entrevistar al entonces Vicepresidente cubano, José Ramón Fernández, conocido popularmente en la isla como «El Gallego», y de descendencia asturiana. Antes de comenzar la entrevista en el Palacio de la Revolución, le confesé que yo no era un periodista profesional, que era solo un autodidacta. Su respuesta fue tajante: «Amigo Manuel, no tiene usted porque sentirse mal, recuerde que muchos de los mas insignes personajes de la historia de la humanidad, en múltiples facetas de la vida, han sido personas autodidactas como usted» .

Hoy, ya jubilado, y gracias a LA VOZ DE ASTURIAS, vuelvo a reencontrarme con esta noble y siempre apasionante tarea de escribir, de ser testigo de la noticia, de bucear en aquello que otros nunca quisieran que se contase. Algunas veces, esto último suele dar algún que otro disgusto, pues todos nos sentimos grandes defensores de la libertad de expresión, hasta que un día alguien se le ocurre contar lo que no nos gusta, lo que creemos que nadie tiene por qué saber. Mi última experiencia la tuve hace escasas semanas, cuando un diputado regional de Podemos llamó a mi casa para insultarme y recriminarme por haber escrito en esta columna de opinión cosas de su formación política que no le habían gustado. El mencionado diputado se olvidó que un periodista, aunque sea de pueblo, está para contar a sus lectores no lo que a él le gustaría, sino lo que nunca querría que se supiese sobre él.

Los corresponsales de prensa asturianos somos una especie de arteria que los periódicos tienen conectadas con el palpitar cotidiano de lo que sucede en nuestras villas y pueblos. Somos la savia diaria que da vida a esta vieja y noble tierra que es Asturias.