Pacto de convivencia, sin más


El espectáculo fue desolador. En Barcelona se convocó un acto de defensa de la Constitución Española y consiguió reunir a 300 (trescientas) personas. En toda Cataluña, los independentistas hicieron una protesta contra la Constitución Española consistente en abrir los ayuntamientos como señal de que no respetaban la fiesta nacional y 300 (trescientas) corporaciones siguieron esa instrucción. Esa fueron las imágenes en la comunidad que siente una mayor pulsión separatista. Sigue sin estudiar cómo Cataluña pasó de ser la nacionalidad que más votó la Constitución en 1978 y ahora es la que la rechaza con fuerte desamor. Para que luego digan que no es preciso sentarse a hablar y restablecer un pacto de convivencia. Entre ideologías y entre territorios.

Al mismo tiempo, en el Congreso de los Diputados se celebró la recepción habitual, a la que asisten unos cientos de invitados de tres estamentos: el muy institucional, los políticos de diario y el personal de tropa y delantal, básicamente periodistas. El panorama no era desolador, porque esos actos son vistosos, los varones visten bien y las señoras lucen muy bien. Pero fue inquietante: faltaban doce presidentes de Gobiernos autónomos, lo que devaluó el festejo; los nacionalistas cumplían con su tradición de no asistir; el PSOE seguía sin líder y Podemos envió una representación digna, pero como las que envía a las tertulias de televisión.

Y lo más trascendente: la España política se divide entre partidos constitucionalistas y partidos anticonstitucionalistas, división recientemente asumida por el presidente Rajoy. Los primeros (PP, PSOE y Ciudadanos) suman una 16 millones de votos; los segundos, algo más de 8. Los primeros hablan de reformas; los segundos, de proceso constituyente. Los primeros buscan un consenso similar al del 78; los segundos no utilizan la palabra consenso. Reformar es optar por la continuidad de lo esencial o, como dice Muñoz Machado, arreglar las piezas defectuosas; abrir un proceso constituyente es derribar el edificio y construirlo de nuevo.

Esa división se está consolidando. Cada día es más evidente, elocuente y profunda. Los poderes Ejecutivo y Legislativo apelan a la prudencia, y este cronista se adhiere y suscribe, pero con dos avisos. Primero: cuando la Constitución reúne a 300 (trescientos) defensores en una ciudad como Barcelona, alguien tiene que medir si está perdiendo base social y, si la respuesta es afirmativa, la prudencia se convierte en urgencia. Y segundo: si los rupturistas piden un proceso constituyente sin votos bastantes para promoverlo, alguien tendrá que preguntarles por qué. ¿Simplemente porque ellos han llegado a la escena? Eso no es consenso. Eso es imposición.

Pacto de convivencia, sin más