Kirk Douglas: El hijo del trapero

OPINIÓN

En mayo de 1976
En mayo de 1976 Tony Korody | Europa Press

06 feb 2020 . Actualizado a las 13:34 h.

Durante los años cumbre del Hollywood glamuroso, ese tiempo repartido entre los treinta y los cuarenta del siglo XX, no exigían pedigrí dramático a un actor o a una actriz. Ya los departamentos de publicidad de los estudios falseaban y maquillaban lo necesario para crear una estrella y adecuarla al star system. Además, Kirk Douglas siempre hizo gala de sus genes rusos, hijo de emigrados judíos a Nueva York desde una aldea próxima a Moscú. Por eso tituló sus interesantes memorias como El hijo del trapero (1989). Lució con orgullo su origen humilde por responder al self made man en el país de las oportunidades. Su llegada al cine coincidió con el fin de la Segunda Guerra Mundial, que acabaría removiendo los cimientos de la industria. Se imponía otra realidad y Douglas fue admitido, más por su espléndido físico (como Burt Lancaster, Richard Widmark, Anthony Quinn, Charlton Heston…) que por su hoyito en la barbilla o por ir sobrado de mañas interpretativas.

Eran tiempos en que ya imperaban como iconos masculinos Clark Gable, Gary Cooper, John Wayne o Humphrey Bogart, bien encarrilados en el sistema. Él y los otros llegaban para el cine de género y la serie B, iniciando una trayectoria que, en su caso, se acompañaría de una cierta fama de emprendedor y rebelde. Por eso se negó a repudiar al comunista Dalton Trumbo, condenado por aquella pesadilla fascista llamada macartismo, al encargarle el guion de Espartaco, su filme más carismático y asumido desde su productora Byrna. Le negaron el Óscar (recibió el honorífico en 1996, un amable consuelo), pero la biología acabó compensando a este currante como el último superviviente de una casta irrepetible. Un honor que compartía con otra centenaria ilustre, Olivia de Havilland, aunque esta pertenezca a la antaño aristocracia de Hollywood, a la que Douglas nunca perteneció.