Huckleberry Finn


Desde la Declaración de Independencia, todo escritor estadounidense busca la gran novela americana. Lo que pasa es que la gran novela americana ya existe. Se titula Las aventuras de Huckleberry Finn y la escribió Mark Twain. En realidad, esta novela es un largo poema de amor. De amor al río Misisipi, al Sur de Estados Unidos, a la amistad, al humor, a la infancia y a la libertad. Pero, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, Las aventuras de Huckleberry Finn es un profundo y estremecedor canto a la igualdad de todos los hombres.

La novela se publicó en 1884 y Twain la sitúa en el valle del Misisipi «hace cuarenta o cincuenta años», es decir, a mediados del siglo XIX, antes de la Guerra de Secesión y de la abolición de la esclavitud. Para Huck y la sociedad de su época, la esclavitud era algo asumido, con lo que se convivía sin plantearse preguntas, y, por eso mismo, que Finn ayude a escapar al esclavo Jim es un acto tan bello como subversivo.

En aquel tiempo, a los afroamericanos se les llamaba niggers, una palabra abominable, cargada de odio y racismo, que felizmente se ha borrado del inglés actual, pero que no se puede eliminar ni de la memoria de Estados Unidos ni de la literatura que nos cuenta la historia de aquella América.

Aunque no todo el mundo lo entiende así. La madre de un adolescente de Virginia ha conseguido que en el instituto de su hijo se prohíba a los escolares la lectura de Las aventuras de Huckleberry Finn porque en el relato aparece repetidas veces el término nigger. Con este nuevo veto, la obra maestra de Twain se consolida como el título más censurado en las escuelas norteamericanas.

Por supuesto, Huckleberry Finn es políticamente incorrecta bajo la mirada de un lector occidental del 2016. Como toda la gran literatura, porque hurga en las heridas del alma humana y explora sus contradicciones. Pero si se impone esta nueva censura, acabaremos por incluir en el índice de libros prohibidos las andanzas de una niña sin escolarizar que vive sola con un mono y un caballo. Y cuando caiga Pippi Calzaslargas y ya no se pueda escribir sobre nada para que nadie se ofenda, podremos dedicarnos a tocar el arpa embelesados, un pasatiempo que era lo que más aterraba a Huck Finn y Tom Sawyer de aquel cielo adonde los quería enviar la bondadosa tía Polly.

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