Donald Trump, según Christopher Lasch


Los norteamericanos son mucho menos optimistas acerca del futuro de lo que solían, y con razón. El declive de la manufactura y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo; la disminución de la clase media; el incremento del número de pobres; el creciente índice de criminalidad; el floreciente tráfico de drogas; la decadencia de las ciudades... Las malas noticias se suceden sin fin. Nadie tiene una solución factible para estos problemas intratables, y la mayor parte de la supuesta discusión política ni siquiera los menciona. Se libran feroces batallas ideológicas sobre temas periféricos. Las élites (republicanas o demócratas) que definen los temas de discusión han perdido el contacto con el pueblo.

Tampoco se menciona el evidente incremento de la ineficacia y la corrupción, la disminución de la productividad americana, la búsqueda de beneficios especulativos a costa de la industria, el deterioro de la infraestructura material de nuestro país, la mugrienta situación de nuestras ciudades invadidas por el crimen, el alarmante y lamentable crecimiento de la pobreza y la ampliación de la distancia entre los pobres y los ricos, que es tanto moralmente indecente como políticamente explosiva. Hemos pasado de la granja familiar a una agricultura controlada en último término por los mismos bancos que han gestionado la industria. Una agricultura sometida en la práctica a un ciclo ruinoso de mecanización, endeudamiento y exceso de producción.

La movilidad del capital y la emergencia de un mercado mundial han contribuido a producir estos efectos. Las nuevas élites, que incluyen no solo a los directivos de corporaciones sino a todos los profesionales que producen y manipulan información -la savia vital del mercado mundial-, son mucho más cosmopolitas -o al menos más inquietas y migratorias- que sus predecesoras. Los que permanecen en la ciudad natal pierden la ocasión de ascender.

Por eso, nuestras nuevas élites están en rebelión contra una «América media» que se imaginan así: una nación tecnológicamente atrasada, políticamente reaccionaria, represiva en su moralidad sexual, de gustos semiplebeyos, pagada de sí y suficiente, torpe y vulgar.

De manera que los que aspiran a incorporarse a la nueva aristocracia de cerebros tienden a congregarse en las costas, dando la espalda al interior y vinculándose con el dinero de rápida circulación, glamur, moda y cultura popular del mercado mundial. No está claro si se consideran a sí mismo americanos.

Los párrafos que anteceden fueron escritos -hace ya más de dos décadas- por un reconocido analista de la sociedad norteamericana contemporánea, Christopher Lasch (1932-1994), y seleccionados por este columnista del libro La rebelión de las élites, publicado en castellano hace justo ahora veinte años.

Los traigo a consideración del lector porque creo que definen de forma esclarecedora las raíces profundas de la ruptura social que, dos décadas después, cristalizó en la elección -para no pocos incomprensible- de Donald Trump como nuevo presidente de Estados Unidos.

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