La breve vida feliz de Podemos y Ciudadanos

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Frente a los profetas del apocalipsis democrático que nos aseguran que el nuevo orden es imparable, que la muerte del actual sistema político es irreversible y que al PP y el PSOE les quedan días para ser sustituidos por el empuje arrollador de las formaciones emergentes, yo sostengo la peregrina teoría de que esos partidos que se venden como bálsamos de fierabrás y adalides de la nueva política, es decir, Podemos y sus franquicias, y también Ciudadanos, son partidos llamados a desaparecer a corto plazo. Y que, a más tardar en las próximas elecciones generales, si se celebran dentro de cuatro años, su representación parlamentaria quedará reducida a la irrelevancia y la mínima expresión.

Sostengo, frente a las abstrusas teorías de politólogos de todo a cien, que tanto los morados como los naranjas son un producto coyuntural y que su repentino éxito electoral está ligado de forma insoslayable a la crisis y a la lógica reacción crítica frente a los partidos que han ostentado y ostentan el poder en el Gobierno central y en las autonomías. Y que, una vez que la economía recupere su pulso y el paro descienda a niveles admisibles, la pugna política en España y en el resto de países europeos volverá a convertirse en una alternancia en el poder entre socialdemócratas y conservadores.

Ojo, que no estoy diciendo que la aparición de estos nuevos partidos haya sido inútil, porque su mera existencia ha forzado a las fuerzas políticas tradicionales a actualizar discursos y procedimientos y a mostrarse mucho más contundentes contra la corrupción. Solo por eso, su nacimiento habrá sido saludable. El problema es que, en estos años, Podemos y Ciudadanos se han mostrado como verdaderos maestros a la hora de diagnosticar los males de nuestra democracia -lo digo sin ironía- pero incapaces de ofrecer soluciones para ponerles remedio, más allá de su crítica a todo lo anterior. El clavo final de su ocaso lo están poniendo ahora ellos mismos, cuando ambos dejan claro que su discurso flamígero y regenerador era solo un buen eslogan para hacerse un hueco en la política.

Apenas se ha estrenado como fuerza parlamentaria, pero Podemos es ya el clásico juguete roto de la extrema izquierda, mirándose siempre el ombligo, perdida en cruentas luchas de poder y atomizada en grupúsculos que debaten sobre el sexo de los ángeles. El partido transversal pasó a mejor vida y ahora el discurso es el de «ojito con lo que dices», todos detrás del líder y nada de bloques o corrientes. Y en Ciudadanos, a la primera que alguien ha intentado desde dentro convertir aquello en un partido, y no en un grupo de gente detrás de un líder carismático, Albert Rivera amenaza con laminar cualquier disidencia y expulsar a toda voz crítica. Seamos claros. Sin Pablo Iglesias y sin Albert Rivera, Podemos y Ciudadanos no son nada. Y como para ser un partido con aspiraciones de perdurar se necesita mucho más, a medida que ambos sufran el lógico desgaste político, los partidos que crearon tenderán a desaparecer.