Purgas


Las purgas no son lo que eran. Afortunadamente. Ya no se elimina físicamente a los enemigos políticos, como pasaba en el estalinismo o en el fascismo, sino que se los condena al ostracismo. Pablo Iglesias es un consumado especialista en purgas, como ya sufrió el que fuera secretario de Organización, Sergio Pascual, cuyo pecado era ser afín a Íñigo Errejón. El mismo que cometió José Manuel López, destituido como portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid por errejonista. Al propio Errejón le ha montado una campaña en Twitter para ponerlo en la picota. Una novedosa forma de señalamiento y humillación públicos, a través de las nuevas tecnologías, que suele ser el paso previo a la purga. Susana Díaz, en compañía de otros, purgó a Pedro Sánchez y ahora la gestora del PSOE, ese ente inquisitorial que quiere laminar todo rastro de sanchismo, está purgando a los diputados que osaron votar no a Rajoy e incluso a los que se abstuvieron por imperativo. En el lenguaje de la presidenta andaluza coser debe significar purgar. Los susanistas se cargan a los sanchistas como los pablistas a los errejonistas. Frente a esos métodos zafios y nada sofisticados, Rajoy practica otro tipo de purga. Consiste en dejar caer a sus adversarios internos aparentemente sin hacer nada, cocidos en su propia salsa. El último purgado es ilustre, José María Aznar, que harto de que no le hiciera ni caso y pasara de sus soflamas, se ha ido dando un portazo, convertido en militante de base. Otro ejemplo de purga mariana fue Gallardón, al que dejó caer tras hacerle defender una reforma del aborto que luego retiró. Rato, Cascos o Mayor Oreja también figuran en su lista de desaparecidos, similar, mutatis mutandis, a los diez negritos de Agatha Christie, que van cayendo uno a uno.

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

Purgas