Adiós al «horribilis» 2016; hola a la cordura política

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Aunque siempre habrá quien vea la botella medio vacía, o incluso totalmente seca, yo, que no soy precisamente un optimista antropológico, le digo adiós al 2016 convencido de que este país con tan mala cabeza empieza a recuperar el raciocinio. Negar que este ha sido un annus horribilis para España sería traspasar el terreno del optimismo para aterrizar en el del disparate. Pero algo me indica que estamos superando ese sarampión de la estulticia del que todos parecíamos aquejados desde que las cosas se pusieron difíciles. Se habla mucho de la crisis económica. Y hay quien la da por superada. Pero de la otra, tan grave o más que aquella, la de la política y la inteligencia, solo ahora atisbamos la luz al final del túnel.

Produce casi vergüenza mirar hacia atrás y comprobar el disparate nacional en el que se había convertido España desde que las elecciones de diciembre del 2015 arrojaron un diabólico tablero político. La tozudez de un Pedro Sánchez empeñado en que había ganado las generales pese a haberlas perdido por duplicado llevó al PSOE a una situación imposible. Obcecado en gobernar sin tener apoyos para ello. Y cada vez más sometido al capricho frívolo de Podemos y al chantaje de los independentistas catalanes.

Afortunadamente, el PSOE corrigió a tiempo ese rumbo de colisión y recuperó la sensatez. Bastó reconocer lo obvio. Que no había ganado; que España necesitaba un Gobierno y una oposición, y que arrasar con todo no es nunca la solución a nada. Y si al PSOE le costó entender que había perdido, a buena parte del PP no le entraba en la mollera que ya no tenía mayoría absoluta. Que ahora sobraban la prepotencia y las lecciones, porque lo que tocaba era negociar a tiempo completo. Así, resultaba imposible salir del atasco. Pero también ahí se ha impuesto finalmente el sentido común.

La otra clave para despertar del mal sueño ha sido que Podemos, que monopolizaba el discurso, incluso el de sus críticos, empieza a ser percibido como lo que es. No una nueva política, sino una caricatura de partido manejado por un grupo al que le importa poco el futuro de su país, porque a lo que ellos juegan es a reproducir los clichés de sus lecturas mal digeridas. Yo soy Lenin, tú eres Trotski y aquel es Stalin. Yo soy Fouché, tú Robespierre y este otro, Danton. Y, mientras tanto, el país hecho unos zorros. Pero el personal se ha hartado de tanta máquina del amor y se toma ya a pitorreo la verborrea y el infantilismo del ahora vamos a votar sobre el procedimiento de votación para votar sobre lo que queremos votar.

Y si hace unos meses España entera temblaba cada vez que Oriol Junqueras o Puigdemont decían miau, ahora el desafío independentista catalán solo le preocupa a un 0,6 % de los españoles, según el CIS. Es decir, que aterrizamos en la realidad, empezamos a estar a lo que estamos y a no jugar con las cosas de comer. Señales todas ellas que permiten afrontar el 2017 sabiendo que no solo no será peor que el 2016, sino que será un retorno a la cordura. Vamos al turrón.