2017


Un puñetazo más. Mejor. Más exactamente: 2017 será una sucesión de puñetazos destinados muy certeramente a la negación del hombre. Pero no ha de interpretarse esta negación en el sentido de extirpación del humanismo, porque esta acepción, erróneamente adjudicada a los valores clásicos de la razón (Humanismo), nunca logró constituirse en un imperio; más bien en unos exiguos reinos de taifas que salpicaban un paisaje de dominio de la República de la Terrocracia. El humanismo es, en verdad, el conjunto de los hombres des-iguales, y lo transcendental de nuestro tiempo es el birlibirloque de la conversión de la desigualdad en igualdad.

En efecto. La Terrocracia, que inició su mandato con los primeros excedentes agrarios, ha conseguido por vez primera hacerse querer por las multitudes con la introducción de las tecnologías de lo ilusorio, que excita el deseo de apropiación con la omnipresente presentación de las múltiples y seductoras mercancías que a-parecen en las manos que sostienen nuestros teléfonos, fantásticamente llamados inteligentes para contagiarnos de fatua inteligencia, una inteligencia que va desde el aparato al cerebro a través de los dedos ágiles que han evolucionado desde su adaptación a las ramas de los árboles a la forma más óptima para manipular las pantallas de los cachivates y alimentar las fantasías más alucinantes e infinitamente más gustosas que la tortuosa tarea del pensarse. No se debe en este punto dejar de mentar la metáfora platónica del mito de la caverna para asegurar lo siguiente: la última capa cerebral que nos diferencia de todo bicho viviente no está, como creímos siempre, para ser conscientes; está al servicio de lo inconsciente, del narcisismo y de toda la violencia que de este y otros apetitos subyacentes nos sea posible ejercer. Y, en todo caso, la conciencia fue (es) fuente de una irracionalidad guiada por la racionalidad inmadura de una criatura de tres o cuatro años.

El insospechado truco por el que la Terrocracia zanjó las revoluciones y el pensamiento contracultural no tan lejanos aún, consistió en extraernos el Yo del interior de nosotros y colocárnoslo enfrente, alcanzable e inalcanzable a la vez, como posibilidad de «ser uno mismo», eslogan que es un señuelo primorosamente clarividente para disuadir plantearse siquiera la prometeica tarea de una aproximación al «conócete a ti mismo». Como solo desde uno se obtiene el contento, se externaliza hacia las mercancías que, no obstante ser muchas de ellas inaccesibles a las multitudes, caen en el ámbito de la ambición, de lo imposible posible, conforme a la fórmula del revés: el placer está antes que el deseo del espectáculo de las mercancías que ni un segundo dejan a los ojos descansar, tomando el mando de nuestras conductas el Ello (el inconsciente) y, en consecuencia, extirpando consideración alguna hacia los otros en favor al Yo-individuo-totalidad.

La radical amputación de la cognición adulta acaba de revertir lo falso en cierto. Es decir, el espectáculo y el placer del espectáculo es lo real y lo único real. El consumo de artículos y el vasallaje a las estrellas mediáticas (Trump, Putin, el firmamento hollywoodiense o musical o de cualesquiera de las memeces que ustedes tengan en mente) es tan real que la realidad verdadera ha desaparecido. Así pues, 2017 será continuación, pero también reforzamiento de la pseudonecesidad del delirio global. 

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