Libertad contra impunidad


Es una evidencia a estas alturas que no corren los mejores tiempos para el PSOE. Tras lo ocurrido el pasado mes de octubre, y pese a los esfuerzos de una buena parte de los y las dirigentes del partido, encabezados por la Gestora, en calmar las turbulentas aguas de este viejo partido, el empeño de otra buena parte de dirigentes en mantener las aguas revueltas -ya se sabe aquello de la ganancia de los pescadores y las pescadoras- ha hecho mucho más complicada una labor que ya desde el principio se preveía compleja. Y en la línea de esos dirigentes, que han sido mucho más sutiles, algunos militantes no han abandonado desde el 1 de octubre la costumbre diaria del insulto, la difamación y la descalificación en las redes sociales a cualquiera que no piense como ellos. Una actitud intolerable y alentada y auspiciada por otros y otras, y que ha motivado que la Federación Socialista Asturiana haya iniciado procedimientos sancionadores para que algunos de esos insultos, difamaciones y descalificaciones sean explicadas por sus autores y, si procediese, sancionadas. Y he aquí la última polémica...

Debo confesar que llevo varios días anonadado viendo como algunos de mis compañeros y compañeras justifican, defienden y apoyan determinadas actitudes que, bajo de mi punto de vista, no son tolerables en el marco de una convivencia fraternal como la que siempre ha existido en el seno del Partido Socialista. Debo confesar que me sorprende que bajo el paraguas de la libertad de expresión o de crítica y del derecho a la discrepancia se pretenda proteger el ataque a otros compañeros y compañeras, el insulto a quien opina diferente, y los ataques a una organización a la que pertenecemos todos y todas, y a la que todos y todas debemos respeto. Debo confesar que me deja atónito que se defienda la impunidad total ante actitudes claramente antidemocráticas, que en algunos casos ha consistido en una caza de brujas digital contra cualquiera que se atreviese a mostrar posiciones favorables a la gestora y a sus planteamientos. Porque yo he visto a lo largo de estos meses como a algunos de mis compañeros y compañeras se les llamaba vendidos, estómagos agradecidos, fascistas, golpistas, fachas, cobardes, hijos de puta y un largo rosario de insultos más por defender algo que algunos consideraban poco honroso. He visto como a dirigentes de la FSA-PSOE se les ha dicho que eran un cáncer para el PSOE, y que «no les ocurriese volver a cruzar Pajares». He visto a algunos hablar de la Falange Socialista Asturiana, y llamar corruptos a compañeros que jamás han sido acusados de nada por nadie. ¿Y se supone que todo eso está amparado por la libertad de expresión? ¿Se supone que todo eso es tolerable porque existe el derecho a la crítica y a la discrepancia? ¿Y dónde queda entonces el derecho del resto de compañeros y compañeras a expresar lo que sienten sin ser vapuleados por ello? ¿Dónde queda el respeto entre quienes convivimos en esta antigua casa que llamamos PSOE?

Conste que soy plenamente consciente de que las viejas formas de funcionamiento y participación en el seno de los partidos políticos han cambiado para siempre. Nadie en pleno 2017 espera a la convocatoria de una asamblea ordinaria de su Agrupación para verter su opinión, teniendo su móvil o su ordenador a mano y pudiendo llegar al instante a cientos de compañeros, compañeras y amistades de todo el país. Creo además que las redes sociales pueden ser un interesante punto de encuentro para un debate sosegado entre quienes opinamos de diferente forma, y creo también que puede ser utilizado por compañeros y por compañeras para verter críticas políticas hacia las direcciones del Partido, siempre y cuando se haga desde el respeto y la compostura más elementales. Yo mismo, en determinadas ocasiones, critiqué a través de mis redes sociales algunas decisiones tomadas por la extinta dirección de Pedro Sánchez, y sin duda volvería a hacerlo de nuevo, y nunca se me ocurría criticar que otros y otras hiciesen lo mismo con las decisiones de otras direcciones. Pero la crítica no tiene nada que ver con el insulto, y el cuestionar decisiones políticas en nada se parece a la difamación y al ataque al diferente.

Dejemos de hablar de libertad a la hora de abordar este debate, por favor. Decía Fernando de los Ríos aquello de «¿Libertad para qué? ¡Libertad para ser libres!», y creo que no pudo estar más acertado; la libertad es algo demasiado bonito y demasiado preciado como para ser manoseado por quienes lo que quieren es impunidad ante sus faltas, y que lo primero que deberían hacer es retirar lo dicho y asumir el error que cometieron.

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