Las dos almas de Estados Unidos


En noviembre de 1916, deambulaba por Nueva York un joven corresponsal de Vilanova de Arousa llamado Julio Camba. Casi recién llegado a Estados Unidos, a Camba le tocó cubrir las elecciones, en las que se enfrentaban el entonces presidente, el demócrata Woodrow Wilson, y el republicano Charles E. Hughes, juez del Tribunal Supremo. En las urnas se impuso Wilson, aferrándose a la promesa de no entrar en la Primera Guerra Mundial, que luego afortunadamente incumplió. En ciertas ocasiones, la grandeza está justo en incumplir las promesas electorales.

Pero lo interesante no es recordar quién ganó las elecciones hace un siglo en Estados Unidos, sino las pequeñas cosas que observaba el periodista gallego. Camba, que veía más lejos porque miraba mejor y que lo contaba mejor porque leía el mundo sin pedantería, dogmatismos ni pretenciosidad, escribió durante aquella campaña un artículo titulado Las dos tendencias, en el que, bajo esa apariencia de columnismo ligero y sin aspiraciones, descubría algunas grandes verdades sobre el país.

Según Julio Camba, en América había ya entonces «una tendencia idealista y humanitaria, de un gran contenido moral, que va desde William James, el filósofo, hasta Mr. Ford, el fabricante de automóviles, y una tendencia materialista sin contenido ideal ninguno, una tendencia de capitalismo y de imperialismo capitalista».

Para el columnista, frente al idealismo de Wilson, Hughes representaba «a los capitalistas de Wall Street, los trusts y el bastón gordo en las espaldas de los mejicanos». Lo que resulta sobrecogedor para el lector del 2017 es rememorar los lemas con los que sus partidarios empapelaban hace cien años las calles de Nueva York: «No queremos profesores al cargo de nuestros asuntos» y «¿De qué sirve la democracia en los negocios?». Dos frases que podría suscribir Donald Trump sin despeinarse.

Para Camba, que sin ponerse solemne sabía atisbar la gravedad de las cosas, Hughes representaba «el desprecio del dinero por los valores morales». Y esta es, a día de hoy, la mejor definición que he podido leer sobre Trump. Tiene mérito que Julio Camba lo anticipase en 1916, cuando Fred C. Trump, el padre de Donald, era solo un chaval de once años que vivía en la avenida Tremont del Bronx con sus padres, dos inmigrantes llegados de Alemania.

«De seguir las cosas como hasta aquí, si Hughes no triunfase ahora, él u otro que representase lo mismo triunfaría dentro de cuatro años», auguraba Julio Camba.

No fueron cuatro, sino cien, los años que tardó en salir del armario esa segunda tendencia que va de Hugues a Trump. Porque ni siquiera Reagan y los dos Bush llegaron tan lejos en su fervor capitalista como Trump, que está dispuesto a gestionar la Casa Blanca como una empresa más de su trust.

Por eso, lo único que eché en falta ayer en el discurso inaugural de Donald Trump tras jurar solemnemente su cargo en la escalinata del Capitolio fue esa frase que parte en dos la historia de Estados Unidos, ese interrogante que abre una brecha entre las dos almas de un país en combate consigo mismo: ¿de qué vale la democracia para los negocios? Una pregunta a la que hace tiempo que han encontrado respuesta en China.

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