El banco de la paciencia


Las estrategias políticas sujetas a los vaivenes de cada momento resultan equivocas, el tiempo desdibuja los objetivos y confunde a los seguidores, incapaces de adivinar cuál será el próximo movimiento. Comprobado está, que un objetivo noble y legítimo se desvirtúa, deriva en lo contrario a lo que se desea, sino se adoptan decisiones valientes en el tiempo y la forma adecuada.

La encrucijada en la que se encuentra inmerso el PSOE abre un nuevo capítulo pendiente de comprobar si el ardor que las partes han empleado en combatirse y neutralizarse va a perdurar a la hora de que sean capaces de generar un espíritu positivo que las muestre como una alternativa real, capaz de aunar voluntades y concitar la ilusión suficiente en torno a un nuevo proyecto político.

Los acontecimientos se suceden según las previsiones, como si de un ritual se tratara; solo los sentimientos, intangible con que la militancia enciende la ideología, se van acumulando y desparraman, buscando explicaciones a sucesos en los que la realidad y el deseo colisionan, acrecentando la indignación, que se torna en desesperanza y amenaza con mudar en indiferencia.

Los sentimientos prevalecen porque forman parte de la genética de cada persona, nos hacen consciente, permiten descodificar y situarnos ante los acontecimientos que ocurren en el día a día, nos reconozcamos y seamos una parte de activa, viva y consecuente con la historia que nos toca vivir.

Es evidente la falta premeditada de un liderazgo declarado, por parte de quienes inicialmente estaban en disposición a concurrir con la expectativa de dirigir al PSOE; aparecen hoy alejados, más interesados en alimentar la confusión tactista que en asumir con valentía el rumbo que ellos mismos han propiciado; se autoproclaman líderes o barones, mientras se repliegan lejos de la contienda, gregarios de las consecuencias devastadoras que la herencia nos va dejando.

Parece que solo la militancia es consciente, de quién es el beneficiario de este macabro baile de máscaras que dura ya meses. La derecha, los poderosos, el mundo del dinero, esos que se frotan las manos y alientan que la izquierda se fragmente aún más, una sociedad divida y unas organizaciones sindicales de clase debilitadas, beneficia y pone a buen recaudo sus intereses egoístas, mientras succionan recursos públicos y deterioran los intereses de la mayoría. 

Un complejo escenario en el que, paradójicamente, la solución es conocida y reconocida por todos, solo el diálogo orientado a sumar voluntad y capacidades, cuantas más mejor, reconociendo con respeto la diversidad y heterogeneidad de cada uno, será capaz de poner freno a una situación de descomposición, que inhabilita a las organizaciones de izquierda, para cumplir con sus funciones, y deja a la sociedad sin referencias que la permitan avanzar en su estado de bienestar.

Necesitamos líderes con credibilidad que defiendan propuestas de cambio y transformación social, en torno a los intereses generales de la izquierda, enarbolando la bandera del consenso; sobran personajes que buscan su oportunidad y solo están dispuestos a «sacrificarse» si tienen la certeza de aniquilar al contrincante, los líderes pelean y defienden sus ideas aunque no alcancen el poder, su objetivo es ser coherentes y consecuentes con sus pensamientos, a la par que leales con aquellos que les apoyan.

¿Qué crédito puede tener el político que renuncia a defender sus ideas, plegándose ante las dificultades, cuando en el caso de acceder a representarnos, tendrá que hacerlo en un parlamento fragmentado, frente a otras fuerzas políticas que defienden intereses antagónicos? 

Mientras tanto, la militancia, desde el banco de la paciencia, abrazada a los sentimientos, observa como la historia que podía haberse escrito, pasará a ser un capítulo más de un tiempo muy prolongado, en el que sus intereses, los intereses de los trabajadores, han sido derrotados, y piensa, que tendrá que ocurrir para que la realidad sea distinta, para que vivamos con ilusión el futuro.

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