El caos de Trump y May


Yo también soy de los que creen que ni Donald Trump ni Theresa May saben adónde van, y justamente por ello me parecen cada día más peligrosos. Basta con escucharlos un rato para comprender que, si les dejan, muy pronto levantarán tras de sí un buen montón de desastres. Sus argumentos, caóticamente simplistas, bastan para vislumbrar su empecinamiento en romper con un pasado inteligible y satisfactorio, y sustituirlo por el futuro disparatado, desequilibrado y absurdo que nos tuitean sin parar. No se trata de discrepar de uno o de otra.

La verdad es que ni Trump ni May se molestan siquiera en argumentar sus afirmaciones. La británica, que llegó a su puesto sin saber qué decir o hacer respecto del Brexit, ya ha fabulado un futuro espléndido para el Reino Unido, el cual, tras los múltiples acuerdos que ella alcanzará -todos muy rentables y beneficiosos- se situará en el centro del comercio internacional. O mundial. O Universal. O lo que sea. Y así lo repite alocadamente, a lo Trump. Sí, a lo Trump, porque es a este al que ha empezado a copiar. Ese estilo rudo, directo y carente de argumentaciones. Mañana lloverá porque lo digo yo. Y no le va mal, porque los británicos en general todavía no han salido de su asombro, ni tienen una idea clara de cómo construir un futuro que sea, al menos, tan bueno como el que tenían en la UE. Pero, a lo hecho, pecho. Y hay que tuitear esplendores próximos como sea. Trump busca líderes que lo acompañen en sus aventuras venideras. Sabe que tiene que asomar la patita con el lema de que habrá oportunidades para todos los que caminen a su lado y le ayuden. Para construir ¿qué? Eso se irá viendo sobre la marcha porque el buen oportunista es el que sabe adaptarse y cambiar sobre la marcha.

De momento, parece que trata de asustar a chinos, iraníes e incluso europeos. Pero su película no va de esto, ni siquiera va de defender más y mejor a su país. Creo que Trump es el actor que interpretó el papel de un advenedizo que se merendó a sus adversarios y les arrebató la presidencia de Estados Unidos. Un juego. Pero ahora tendrá que gobernar. Aunque no quiera. Aunque no sepa. O su propio país le amargará la vida.

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