Lo que no se nombra, no existe


Es curiosísimo cómo funciona el cerebro. Años bregando con personas a quienes esto del lenguaje «tampoco les parece tan importante», intentando hacer ver la importancia de nombrar a las mujeres.

Y no solo decir «todas y todos» y ya hemos cumplido y ahora me paso al masculino genérico, no. Nombrarlas de verdad, incluirlas en el discurso tenerlas presentas hasta tal punto que su aparición sea ineludible. Interiorizarlo, creérselo y, por supuesto, hacerlo.

Los argumentos en contra son numerosos pero no demasiados, todos rebatidos una y mil veces por quienes saben de lengua y lenguaje, gramática y sintaxis infinitamente más que yo. Por supuesto, no voy a repetir las polémicas que, de vez en cuando, ponen el tema sobre la mesa. Generalmente, no porque nos interesa a las feministas. No, lo normal es que algún sesudo miembro de la RAE se pronuncie y entonces, de pronto, seguimos al estela y ardemos en defensas en lugar de seguir la máxima de amor con amor se paga e ignorarles soberanamente.

Porque aquí, de las cosas «de mujeres» se habla cuando ellos quieren y como ellos quieren. El resto del tiempo a las mujeres se nos elude una y otra vez en artículos, reportajes, informes y editoriales. Los escriban hombres o los escriban mujeres, porque la conciencia de la discriminación no viene en la doble X sino en el pensar y el pensarse como mujer en el mundo.

Si queremos que las cosas cambien, incorporemos la perspectiva de genero en el uso del lenguaje, provoquemos cambios que generen situaciones mas igualitarias y dejaremos de hablar de hombres y mujeres para hablar de personas.

¿Por qué nos llama la atención tanto su uso como su ausencia? ¿Estaremos reflexionando sobre ellos? Si el lenguaje inclusivo es un esfuerzo, ¿no será que estamos usando de manera excesiva el masculino genérico?

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Lo que no se nombra, no existe