Futuro en regreso


Cantaba el Reno Renardo «Yo crecí en los 80 y sobreviví haciendo la grulla de Karate kid». Los cuarentones que nos podemos identificar con esa letra podemos recordar lo que era ver con ojos infantiles la conjunción de poderes a ambos lados del Atlántico entre la presidencia de Ronald Reagan en EEUU y el mandato de Margaret Thatcher en el Reino Unido. Hay una complejísima colusión de causas que explican el colapso de la Unión Soviética --económicas, políticas, tecnológicas-- pero para la leyenda neocon bastó la firmeza del actor llegado a presidente en defender «valores» conservadores, si bien también le reconocen un papel al Papa Juan Pablo II por algo parecido. Thatcher sí cambió el Reino Unido hasta tal punto que pudo permitirse el lujo de decir que el mayor de sus éxitos era Tony Blair, y no le faltaba razón.

Hemos hecho de los 80 la nueva edad dorada de la nostalgia por un mandato imperativo del devenir biológico. Son los nuevos «good old days», como lo eran los 50 del musical de Grease y lo reflejamos en series como Stranger Things o la película Super8. Como una parodia que amortigua con melancolía tanto de aquella tragedia, hemos visto esta semana la reunión de Donald Trump y Theresa May, el ídolo del autoritarismo postverdad y la dama metalizada del Brexit. Ambos tienen una coincidencia de intereses en plantear un nuevo paradigma carca aliñado con bastante xenofobia y un cierto mercantilismo económico para el que se están buscando muchos enemigos exteriores, chivos expiatorios a los que poder recurrir para tantas cosas que quieren cambiar, no sin dolor, dentro de sus bienamadas fronteras. El hombre propuesto por Trump para ser su embajador ante la UE, Ted Malloch, prevé el derrumbe del euro en unos meses, no tanto porque vaya a ocurrir sino porque está dispuesto a echar una mano en que ocurra, ha comparado a la UE con la Unión Soviética en una entrevista en la BBC como otra unión más a la que habrá que ir minando los cimientos. La UE es el nuevo imperio del mal.

El coordinador de IU, Alberto Garzón, comparó esta semana las políticas de muros anunciadas por Trump con las actuaciones de las instituciones europeas. ¿No es cierto acaso que tenemos a miles de refugiados congelándose en la nieve en campos de Grecia, que hay una valla con concertinas en Ceuta y Melilla? «Trump es racista y clasista y piensa y actúa como racista y clasista. Pero a ver si pensamos que los dirigentes de la UE son diferentes», dijo Garzón en tuiter, ¿lo son de verdad? Aparte de que Trump ha propuesta una prohibición de entrada de refugiados procedentes de países musulmanes, así, explícitamente vetando a una religión; también ha anunciado que el corte de fondos a las llamadas «ciudades santuario» irá acompañado de la publicación de una lista semanal de crímenes cometidos por extranjeros en esas poblaciones. Para señalar como criminales a todo un colectivo. No recuerdo a un dirigente de la UE haciendo cosas similares. Oh sí, recuerdo a dirigentes de países europeos, Orbán en Hungría, por ejemplo, haciendo cosas similares; pero no es lo mismo la UE que la Comisión Europea, o el Consejo Europeo o el Europarlamento. Son organismos entrecruzados que el ciudadano común puede confundir y no pasa nada. Que lo haga el principal dirigente de un partido estatal es, cuando menos, una irresponsabilidad interesada. Empezaba este artículo hablando de lo horrible que es reducir un asunto complejo y lleno de aristas a cuatro pinceladas con las que poder promocionar un eslogan. Eso, por muy vanguardista que suene el lema, siempre, siempre, siempre, será una victoria reaccionaria.

Esta no es ninguna encendida defensa de la UE realmente existente, que está llena de rapiña, de cortedad de miras, que tiene muchos postulados económicos que son abiertamente nocivos. Sí de la idea de que es mejor una alianza así que el retorno al estado nación, uno en el que la cultura, la lengua y la religión sean homogéneas y el extraño un sospechoso. No están los tiempos para elegir mal a los enemigos.

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