A la vejez, vihuelas


El otro día me encontré con Arturo Fernández, el galán español. Ochenta y ocho años va a cumplir próximamente este actor inmarcesible, que se paseaba como un pimpollo protegiéndose del frío con un abrigo de cuero marrón largo hasta los pies, en los que calzaba unos preciosos zapatos. Soy tan fan de Arturo Fernández como de los zapatos elegantes, de modo que me acerqué hasta él y comenzamos a charlar de esto y de aquello (los retrasos en los aeropuertos son escuelas). Recreo aquí lo que mi memoria, envuelta en las brumas del poco sueño y el jet lag, ha rescatado de aquella conversación, que comenzó en los zapatos y terminó en la vejez.

Sabes que te haces un señor viejo cuando comienzas a llevar calzado muy feo. Pierdes el gusto por ir conjuntado, te sirve cualquier cosa, te dejas llevar. No vas de compras, ¿para qué?. Y tampoco ayudan a mejorar tu indumentaria los consejos de tu mujer o de tus encantadoras hijas (¡cuánta razón tenía el viejo Lear!): van ellas mismas a la zapatería de tu barrio ?ni siquiera se esfuerzan en llevarte al centro comercial- y escogen al buen tuntún mocasines austeros acanalados o con rejillas, zapatos marrones de cordón redondo o zapatos con hebilla, sandalias cerradas hasta la rodilla, playeros coloristas, botas con borreguillo en el interior, en verano bermudas y camisetas sin mangas, chanclas cangrejeras para acompañar la sombrilla en la arena y en el cóctel. Restos de temporada, carne de outlet, polipiel de saldo, antelina patanegra, tacón cubano si te descuidas, desechos de tienta del zapaterismo o la revolución zapatista (no hay ironía aquí) suburbial. A ti no te importa, claro, porque tú lo que quieres es «estar cómodo». Y de esa comodidad que comienza a ser endógena, surgen como hipóstasis domésticas algunas otras costumbres: cenar un par de lonchas de chóped (que es in-DRAE) con un trozo menguado de queso fresco, agenciarte un orinal para no quedarte frío cuando te levantas por la noche y para no dar guerra «a tu señora», y echarte colonia comprada a granel en la mercería del barrio.

Sabes que te haces un señor viejo y ni tulles (cualquiera de sus dos acepciones) ni mulles. Y tu intelecto no canta porque también te haces machadiano y soriano y segoviano. Y añades a tu torpe aliño indumentario las arrugas del rostro y las de tu chaqueta de lana (no diré las arrugas del alma porque es frase hecha y ya solo carne de cantante melódico). Sabes que te haces un señor viejo porque no te gusta Melendi pero no tienes argumentos para defender tu disgeusia melendiana a pesar de las insistencias de tus compañeros del bingo sabatino en el centro social, de las radiofórmulas y de los anuncios de monturas para gafas. Y cantas boleros y a Albert Hammond, y el último disco que compraste fue un recopilatorio de ABBA. Y sabes que te haces un señor viejo porque te vuelves verde como el increíble Hulk, un viejo verde al que no se le da una higa el barco sobre la mar y el caballo en la montañas, y que termina diciendo que José Luis Moreno es un artista como la copa de un pino o que Ana Obregón tiene algunos papeles en los que está muy divertida. Sabes que te haces un señor viejo porque protestas por todo, y acumulas niveles elevados de sustancias tenue y paulativamente nocivas para la salud (arenilla, grasa, ácidos varios: como en una receta de alta cocina, ahora que lo pienso).

Pero no pasa nada, chatín. Al final del día sonríes porque sabes que estás vivo, que has ganado otro pulso a lo que habrá de venir sin contemplaciones. Te quitas los zapatos con cuidado de no rayar las hebillas bruñidas, cenas tus lonchas de chóped, dispones el orinal en tu flanco durmiente y, si tienes suerte, acoplas tus rodillas al cuerpo conocido o desconocido mientras crees escuchar música de vihuelas (casi no me da tiempo a sacar las vihuelas en este artículo).

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