El muro: la ruina de Donald Trump

Nelson Rivera CAMPO DE PRUEBAS

OPINIÓN

30 ene 2017 . Actualizado a las 08:22 h.

En la idea misma del muro, subyace su ruina. El decreto que impuso su levantamiento porta su condena. No importa cuántos electores le hayan votado por la promesa de construir un muro. Se trata, en lo simbólico y lo real, del muro de Donald Trump. Es y será su autorretrato. Su trasposición arquitectónica. Desproporcionado monumento a la exclusión. Tres mil trescientos kilómetros de desprecio. Léase bien: tres mil trescientos kilómetros, desde el Pacífico al golfo de México.

Muro con parafernalia: potentes sistemas de iluminación, sensores con capacidad de detectar cualquier movimiento de un cuerpo superior al de un pequeño pájaro a kilómetros de distancia, patrullas terrestres y aéreas, gruesa masa gris arriba y debajo de la superficie. Muro con guardia pretoriana: no solo les corresponderá impedir que lo salten o lo atraviesen. También deberán velar por la integridad del muro. Vulnerar el muro será un modo de vulnerar a Trump. Sacarlo de quicio.

Es probable que Donald Trump haya previsto ya cuál será el programa del día en que inaugurará el primer tramo. A qué hora descenderá del helicóptero. Qué piezas ejecutará la banda marcial. A quiénes zarandeará con sus palabras. Le ocurría a Albert Speer con Hitler: cuando el arquitecto desplegaba sus laboriosos planos sobre la mesa enorme, Hitler no era capaz de escucharle por más de dos o tres minutos. Su interés se concentraba en el postedificio, es decir, en el acto de inauguración. Hitler preguntaba dónde colocarían las flores.

Como todo muro, el de Trump también esconde algo. Oculta y asevera a un mismo tiempo.

Hacia el sur, proclama un mensaje de imposibilidad. Le dice a mexicanos y a centroamericanos: prohibido el paso. Pero hay algo más sustantivo, según creo; también dice: no mires, ni escuches.

Hacia el norte, y este es un factor detonante, el mensaje a la enorme comunidad de inmigrantes en Estados Unidos, con o sin papeles, es: estás acorralado. Contra el muro. Cercado y con el muro en las espaldas. Listo para ser deportado. Tal la función silenciosa, casi secreta del muro: convertir la frontera en pesadilla. Instaurar el miedo. Romper los lazos de solidaridad entre seres humanos cuya diferencia es contar o no con un permiso.

El decreto de construcción del muro es el primer y el último gesto tonante de Trump. Al erigirse sobre la premisa de la negación, está condenado a su derribo. Tarde o temprano. Será el estandarte, no solo de la ruina de millones de inmigrantes, también de su propietario. Miles de aglomeraciones de escombros se alinearán a lo largo de tres mil trescientos kilómetros. Montículos de hormigón y acero. Desechos, fragmentos de los horrores causados por la vanidad sedienta de Donald Trump.